Nancy

 

Por Sebastián Gómez Matus

 

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Por lo general no leo mucha literatura contemporánea, menos primeras novelas de jóvenes chilenos, a qué mentir. Con la poesía es distinto, siempre es distinto con la poesía, todo, cualquier cosa. Nancy (Cuneta, 2015), primera novela de Bruno Lloret (1990), deja el resabio de haber leído un libro de poesía. Dentro de la novela hay un poema, o el poema lo desarrolló como novela; lo cual conduce a pensar, de una vez y para siempre, que los géneros no son mutuamente excluyentes y que el género lo determina, en última instancia, el lector. Queda claro también que no es un novelista nato —esto es un elogio—, sino un poeta que quiere escribir novelas, y le sale bien. Y no cualquier novela: Nancy es la novela familiar, algo así como la narración de nuestra vida, lo que nos contamos hacia dentro, tal vez neuróticamente, tratando de batallar con esos seres humanos que nos fueron dados, condonados, repartidos, impuestos. Pero también familiar en un sentido nacional, si se puede. Llama la atención la lucidez y madurez del autor que en su primer libro trata de resolver la temática familiar (que no se resuelve nunca), lo cual le permitirá en los libros porvenir ser más inventivo, más arriesgado, en relación con el tema, si lo hubiera, y los recursos narrativos a desplegar.

 

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La familia siempre es una deuda, algo por constituirse, un movimiento que se debe a sí mismo y que puede “cerrarse” en una novela como Nancy. De estas novelas abunda en la literatura y nunca deja de ser intrigante. Nancy es la ilusión de ese cierre. Lo bueno, literariamente, es que no se trata de la familia del autor (al menos no de manera palmaria, no lo podemos saber, y si nos gusta de verdad la literatura, poco importa saberlo). También quisiera ser enfático en este punto: no es una novela más dentro de las incontables novelas que se publican bajo la idea de autoficción, la llamada literatura del yo, que opera muy similar al Facebook: como biografía idealizada, donde se busca —a tientas— enrostrarle al lector lo increíblemente poéticas (o desdichadamente poéticas) que pueden ser las vidas de los escritores. Ninguna vida es tan interesante como la de otro. Bajo este mismo ítem, y esto la distingue entre sus coetáneos, se agradece que sea una novela narrada en pasado: otro síntoma de la literatura contemporánea es narrar todo en presente, que también es un síntoma desplazado de las redes sociales y los media, es decir se imita el funcionamiento efectista del post, del comentario diariamente anodino, lo cual no hace otra cosa que achatar la historia a contar. Pienso en lo reiterativo, casi majadero que resulta el, ay, imprescindible César Aira sobre este punto. Hice como él, como hago siempre: hojeé la novela y vi que estaba en pasado; y, si bien, estaba en primera persona, el personaje era femenino: no se trataba morbosamente del autor. Esto hizo que la leyera. Sentí que desde ese detalle, Bruno Lloret tenía la película más clara que muchos otros yoyoes contemporáneos.

 

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Para entrar en terreno, la novela tiene una peculiaridad visual que la recorre de punta a cabo; es más, comienza y termina así: cruces o equis dispuestas dentro del discurso, lo rompen o lo hacen más fragmentario de lo que ya es el párrafo que maneja Lloret. Esto evoca la idea de pasaje en la que tanto insistió Benajmin (o esa idea bellísima de Lamborghini Osvaldo: entre el verso y la prosa: el pasaje. Pasadizos para continuar la historia.). Equis o cruces discurseando de manera a veces clara, a veces no. Por ejemplo, en un pasaje habla de unos perros, creo que dos, y le siguen dos cruces: x x. Esos perros se dicen pero también se borran. A Nancy la va borrando lo que ve, lo que vive. Placer local como lector, local como es Nancy en la desolación, en el desierto, como si toda la novela fuera los movimientos estertorosos que hell viento hace en ese erial. Este recurso visual (y discursivo) no está puesto azarosamente. Por otra parte, a nivel general, cubre toda la historia. Se puede aventurar la idea de que es la censura avanzando en paralelo con la conciencia de Nancy, que va muriendo paralelamente con el lenguaje, con su lenguaje. Que el lenguaje está minado, que tiene puntos muertos. Si resumiéramos la novela sólo a texto, sería la mitad de las 142 páginas que tiene. O sea esas cruces también están escritas, pues significan. Es una novela breve, pero ¿cómo abreviar la conciencia de una niña que deviene mujer, una mujer que deviene cáncer, un cáncer que deviene un texto equishenchido? Eso: Poe, «X-ing a paragraph». ¿Guardará relación con eso? Puede ser un precedente; seguro el autor está al tanto.

 

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Nunca me ha gustado la recreación de lo que se leyó para reseñar. Además, ¿de qué se trata? Esa es la pregunta que un editor le hace al autor para recién leer el libro y ver si se puede publicar. Las preguntas de un lector son otras. La novela se trata de una muchacha que vive en un pueblo, Ch., una especie de Chile mutilado, balbuceo del silencio. O se trata de Nancy, joven chilena, que más bien intenta vivir en un pueblo y conoce a un gitano y después a unos mormones de la Iglesia de Los Santos de Los Últimos Días mientras su madre la abandona y el padre no deja de leer la Biblia tras su conversión a dicha iglesia pero sí deja el trabajo y después trabajan como extras en una película de un gurú chanta tipo Jodororsky (es demasiado un papirotazo pal señor ése) y el papá también se va y se va a buscar los restos del hermano que desapareció o lo mataron tras haber trabajado con japoneses. Cito: Trabajar para los japoneses era una forma de condena a muerte lentísima x. Se casa con un mormón gringo alcohólico, le da cáncer y el desierto se llena de x x x x x. Cito: Este mundo es un desierto de cruces. La novela se va así, como Nancy, entre puras cruces. O equis.

 

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Hace poco leí no recuerdo dónde que todo desierto era la posibilidad de una poética. ¿Qué es una poética? Un desierto de cruces. La novela, no se puede omitir, está muy emparentada con los temas y la simbología de Bolaño, busca esa filiación. Hay demasiados símbolos afines, o de plano: un desierto, secuestro y desaparición de mujeres, una joven de vida absolutamente triste y trágica que resistirá sin resistir hasta que algo peor venga, cáncer, (fusión de Lola y a Rosa de 2666), radiografías comentadas que son como poemas visuales, familias de mierda, mormones, gitanos, viajes por el desierto en autos de mierda, etc. Esto sólo quiere decir que es una novela boliviana, o gitana, o mormona, pero también la novela de una joven chilena de pueblo, pobre, ingenua pero no ueona, buena y con una visión del mundo que al lector le vacía la cara. Todo esto puede ser un subgénero de la novela negra. Una novela negra chilena. Pero negra de verdad, como la vida. Porque es evidente: es una novela escrita en Chile, por un chileno, que para entrar en la vida de Nancy borra los límites del nombre y de las cosas y encuentra la poética del habla del común de los mortales, el habla de Todos. Está escrita en chileno. Está escrita así como habla Nancy, con esos versos que cualquiera puede decir pero nadie los recoge, quedando en el suelo de un pueblo infestado de mutantes, porque hay mutantes, y son unos niños de un pueblo parecido a Ventana. La novela es la sombra que cubre la cabecita de Nancy, las equis son su veladura. Nancy es el desierto del sujeto, una aridez. El sujeto es la poética de la desaparición en cámara lenta. Nancy es un extra en su propia vida. La novela está escrita por un poeta que ha encontrado un personaje para acariciar: Nancy. Porque es más triste que la chucha la novela es buenísima. Porque dan ganas de encontrarse con Nancy, sacarla de su historia y llevársela.

 

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