Lassoing a Grizzley

A La California (1873): Description and travel; Social life and customs written by Colonel Albert S. Evans. Pág. 74.

 

Por Nicolás Centeno*

 

Hace apenas unos veinte milenios, durante la última glaciación, quienes podríamos llamar nuestros ancestros norteamericanos migraron de la Beringia a tierras más cálidas. A lo largo de diez milenios más la humanidad pobló las Américas en toda su extensión, distribuyéndose por los territorios del Neotrópico durante este tiempo, en distintas olas migratorias, por distintos métodos. Algunos teóricos (entre los cuales me suscribo) creen que las primeras excursiones norteamericanas no se dieron principalmente en busca de una tierra menos hostil, pues los hombres y mujeres de la Beringia estaban más que acostumbrados al hielo, como ahora los pueblos inuit. Lo que se cree es que esos primeros grupos humanos, meras tribus insignificantes en número respecto al resto de las tribus de la Beringia, migraron siguiendo a su fuente favorita de alimento: el mamut.

Es bien sabida la capacidad del ser humano como depredador alfa, pero en ese tiempo nuestros ancestros todavía no gozaban de ese status. Para otros animales, como el tigre dientes de sable, el oso cara corta o el león americano, el recién llegado simio calvo bípedo era otra fuente de alimento más: pequeño, lento, frágil, incapaz de trepar a los árboles con facilidad, sin armas naturales. Bastaba el asedio nocturno a un campamento humano para cogerlos desprevenidos, sin el temible fuego ni lanzas de piedra a su alcance. Lo que no sabían estas fieras era que los hombres y mujeres habían poblado ya casi todo el mundo a punta de esas lanzas y antorchas y que en poco tiempo aprenderían no sólo a defenderse sino que tomarían el territorio y lo transformarían a su antojo. No pasó mucho tiempo antes de que nuestros ancestros cazaran y comieran a sus depredadores, antes de que ocuparan sus cuevas y guaridas, antes de que asaran sus carnes en un festín interminable, al menos hasta su extinción.

Con este en mente demos un enorme salto en el tiempo hasta la época de nuestros abuelos. Estamos a principios del siglo XX, en el Salvaje Oeste californiano, durante la etapa de transición a la modernidad. El oso café americano, tan americano como los mismos hombres y mujeres que son llamados «nativos» o, en la mayoría de los casos, «salvajes» por los pobladores europeos que ahora también son americanos, se encuentra al borde de la extinción, lo mismo que el bisonte. El nuevo hombre americano, bajo la premisa darwinista mal aplicada de la eugenesia y la selección natural, se ha tomado demasiado en serio su rol como depredador alfa y como transformador del paisaje. Es cierto que los mismos migrantes de la Beringia en algún punto depredaron a ciertas especies hasta la muerte, pero los factores que llevaron a estos animales a la extinción van más allá de una cacería desmedida. Fue una época de cambios climáticos brutales, de migraciones nunca antes vistas en la zona, no sólo del hombre sino de los animales que este perseguía y los que lo perseguían a él. El oso café llegó así a América: siguiendo a su entonces alimento favorito y rival mayor, el ser humano.

Cuando se estableció en las cuevas que fueron desocupadas por el hombre, ya fueran de leones o de osos cavernarios o de humanos que migraron o que fueron comidos, el oso café se convirtió en una de las principales potencias cazadoras de Norteamérica, junto al ser humano, al lobo y al puma. Crecieron tan grandes y feroces que sólo nuestros ancestros osaron cazarlo y sólo bajo ciertas circunstancias: como rito de iniciación de grandes guerreros y cazadores, como fuente de alimento y vestimenta para el invierno, para proteger al asentamiento de un ejemplar feroz que acampaba demasiado cerca. Con el tiempo el oso y el hombre lograron un estilo de vida que los favorecía a ambos. Así el oso se extendió hasta México, hasta Chihuahua, hasta la sierra de Durango y Sinaloa, hasta Baja California. Poco sabían estos osos de la voracidad del hombre blanco.

Para ejemplificarlo basta recordar el origen del oso de felpa, llamado Teddy Bear en inglés. El origen del nombre remonta al presidente estadounidense Theodore «Teddy» Roosevelt, conocido entre muchas hazañas por el desmantelamiento de los grandes monopolios capitalistas del siglo XIX y por sus aventuras de cacería y exploración. Pues bien, en una excursión de caza con el entonces gobernador de Mississippi, Andrew H. Longino, Roosevelt se negó a dispararle a un oso negro que había sido capturado, atado y golpeado por los hombres del gobernador, argumentando que no le parecía muy deportivo dispararle a un animal herido, acorralado y maniatado, sobre todo cuando todos habían ya cazado mínimo un animal. El evento se convirtió en motivo de una caricatura política de Clifford Berryman para el Washington Post, quien dibujó a Roosevelt negándose a dispararle a un oso con la apariencia de un cachorro sostenido del cuello con un cinturón por otro cazador. El primer oso de felpa surgió después de que Morris Michtom viera la imagen y le escribiera al presidente para pedirle permiso para usar su nombre para el juguete infantil. Después de que Roosevelt accediera, el oso basado en el dibujo de la caricatura se llamó «Teddy’s Bear». El oso llegaría a ser tan popular y americano que hasta el nieto de Roosevelt tendría uno en 1903.

Vale la pena pensar que si más hombres como Teddy Roosevelt hubieran habitado el Oeste medio siglo antes no se habría extinto el oso café californiano. Como el oso de Sonora o el de Chihuahua, fue cazado tanto por miedo como para probar la valía de los hombres que se enfrentaban a un mundo desalmado y hostil. Se cree que apenas unos setenta y cinco años después de su descubrimiento por los españoles, el oso de california ya se había extinguido. Los argumentos de algunos cazadores fueron los mismos que los que llevaron a la desaparición del lobo de muchas regiones: «se come a nuestro ganado», «es peligroso», «son ellos o nosotros». Pero culpar a una época y sus circunstancias es tan infructífero como no hacerlo: las cosas ya no pueden cambiarse.

Pese a todo el oso californiano fue inmortalizado. El último de los osos cafés que murió en cautiverio, Monarch, fue disecado y después retratado para convertirse en la Bandera del Oso, la Bear Flag de California. Por escasos cincuenta años el estado conocido como el Bear State estuvo en verdad lleno de esos majestuosos animales, tan grandes como el oso de la isla Kodiak de Alaska, rivalizados en tamaño y sagacidad sólo por el oso polar. No es mucho, pero al menos es un homenaje. Preferible sería que aún rondaran los bosques y las montañas, que cazaran los venados de la Sierra de San Pedro Mártir, que se vieran de vez en cuando en La Rumorosa, bloqueando el paso de la carretera. Lo único que tenemos es una bandera que, como en toda heráldica, nos habla de una época y un paisaje que ya no existe y que nunca volverá, de una leyenda local, de algo que alguna vez fue relevante y que nosotros, los hombres, hemos depredado.

Viva California, viva el oso.

 

*Texto extraído del libro Los remanentes salvajes, ensayos y crónicas sobre las Californias (Editorial Ojo de Agua, 1983).

 

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