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Imagen: Taquito Jocoque. De Instagram @euqocojotiuqat #chapotj 


 

Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Hace unas semanas que el Chapo Guzmán se fugó del penal de Almoloya. Diferentes voces alrededor del mundo han creído necesario tomar la pluma o el micrófono para decir sus opiniones. Todos están más o menos de acuerdo en ver en esto la evidencia del Estado fallido que se padece en México.

A raíz de ello, en el portal de Milenio se publicó una columna con la autoría de Carlos Velázquez titulada «El hombre más inteligente del mundo».

No creo que el hecho de que el Chapo se haya fugado tenga la menor importancia. No voy a entretenerme en hablar para nada sobre el asunto. Para tener evidencias, a lo pelo de burra en la mano, sobre el Estado fallido no se necesita más que salir a la calle (y ni siquiera eso, a veces te puedes quedar en casa hasta que venga a tu puerta y toque el timbre). Tampoco me queda demasiado clara cuál sea la labor de un Estado que no fallara. Quizá esa es precisamente su función: la de fallar, no hacer nada, claudicar en todas sus tareas, excepto en la de mantenerse. Sería el caso de que un Estado fallido es la forma idónea del Estado.

En fin, no es el tema que nos ocupa. Tampoco me interesa demasiado entrar en polémicas con nombres propios. Contesto al texto de Velázquez, a lo que subyace en él. Me resultó, apenas lo leí, mucho más interesante que los textos que se rasgan las vestiduras por la fuga del Chapo o que exigen la dimisión de los funcionarios con nombres propios por delante. Me llamó la atención porque creo que es un ejemplo paradigmático y asombroso de algo más revelador.

Ya habrá notado más de uno la extrañísima relación que hace el autor del texto entre el soborno y la corrupción, y la inteligencia. Pero quizá sea más difícil de descubrir los entresijos y los motivos de esta relación.

No se trata de ninguna confusión, creo yo. Tampoco de un error. Ni siquiera (aunque habría quién podría seguir tal análisis) de un paso en falso en una deducción lógica. No. Es algo más grave. Se trata de la reproducción, simple y llana, de una ideología.

Sin más. Limpia y clara, tan patente que a muchos les cueste aislarla y descubrirla. Una ideología que equipara una cosa con la otra: la inteligencia con el soborno, sí; pero aún más interesante, la del pueblo y la opinión pública con la gozosa fiesta de ceguera de una masa de individuos.

El argumento que se presenta lo juzga incontestable. La gente va por ahí festejando la salida y burla del capo a las autoridades. ¿Qué más hay que argumentar? El Chapo no solo es el líder del Cartel de Sinaloa, sino también es un hombre inteligente y hasta simpático. El festejo de los individuos particulares son (en este régimen de productor de idiotas, es decir, entes privados) la voluntad del pueblo.

La importancia de este paso argumentativo es importantísima. Al fin que lo que se haya en juego no es la opinión de las mayorías o minorías sobre un hecho particular (tan intrascendente como ganar un mundial o unas elecciones federales), eventos todos que parecen nacidos únicamente para rellenar los espacios vacíos de los periódicos que necesariamente tienen que salir.

Eso no es lo importante. Tampoco el hecho de que un escritor o un ciudadano cualquiera sea incapaz de percibir las tantas y muchas semejanzas entre un capo de la droga y un presidente electo y que, sin que le parezca ello incoherente, a uno lo ensalce y a otro lo censure. Esto forma parte de la ideología que lo permea todo.

Lo significativo es la capacidad de los medios de formación de masas para producir los efectos de opinión pública en los individuos y que sea a través de esto se visibilice la voluntad popular.

Curioso, por cierto, que a propósito de esto, el autor mencione, apenas en un renglón a Baudrillard y la seducción. Sobre todo cuando es precisamente a través de la producción (del latín pro duccere, es decir «traer a la luz») la forma en que las figuras públicas se encumbran. Ya sea lugartenientes de la droga y el secuestro o funcionarios públicos. Curioso es que el Chapo vuelve a salir a la luz a raíz de su propia fuga. Así, por cierto, llegó a la presidencia el hombre que se critica en el texto. Así se construye la opinión pública.

La seducción es lo contrario del poder. Baudrillard la concebía como una forma de subversión perpetua y no como una subversión de valores para serigrafiar camisetas, ya sea de partidos políticos o de cárteles de la droga.

Así se complementa la ideología democrática. Si el voto sumiso al despilfarro de merchandising se le puede llamar «voluntad popular» u «opinión pública»; también la sumisión a las ideologías del éxito, del poder y de la corrupción que van de la mano en todo el concepto del narco serán también de cuño popular. Siguiendo esta lógica, el autor llega a decir que si los seleccionados mexicanos de fútbol fueran sicarios, se ganaría un mundial.

A la par que se ensalza a uno por corrupto, inteligente y simpático (entendiendo que su simpatía e inteligencia emanan precisamente de su capacidad de corromper), se acusa y se señala al gobierno por lo mismo. Temo que no tengo el dudoso placer de conocer al Sr. Guzmán Loera. No tengo la menor idea de si sea o no inteligente. Tampoco hemos aclarado ni dado pista alguna sobre el significado de la palabra inteligencia, que dentro del esquema del autor, supongo que se referirá a la capacidad de producir éxito dentro de las reglas puestas por el sistema. Tener dinero para, más que burlar el sistema, ser parte de él. Es decir, poder ejercer influencia y modificar a placer los elementos que lo componen.

Así, al sacar la cabeza del chiquero ideológico, nos damos cuenta que los cárteles de la droga son prácticamente indistinguibles del Estado. O, en todo caso, son su caricatura monstruosa. Uno y otro, corruptos e implacables. Uno y otro, extorsionando al quehacer de los ciudadanos, con jerarquías y justicia. Uno y otro, viviendo de las mentiras extendidas en forma de merchandising, de miedo, de un contrato raquítico para el beneficio individual y de sumisión ideológica.

Y, claro, no. Hay que decirlo claramente, el pueblo solo sabe decir una cosa: no. Solo eso. Cuando dice que no, entonces podemos seguir la pista de que hay algo así como voluntad popular.

Cuando aclama, narcontraficantes o funcionarios públicos, no es el pueblo el que habla. No es la inteligencia de los de abajo la que se pronuncia, sino la sumisión de los individuos (escritores de columnas o ciudadanos de a pie) que sumados pretenden hacernos pasar como pueblo. La voluntad de los individuos (necesariamente idiotas, es decir, privados) que llena encuestas telefónicas, boletas de elecciones federales, rating televisivo o columnas en diarios, al sumarse no son sino eso: masa de individuos sumisos y reaccionarios deslumbrados por la producción del poder, sea del Estado, sea del narco.

Encuentre usted las diferencias.