Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

De un tiempo para acá se arroja a los sujetos la potestad de las apropiaciones del lenguaje. Se asegura que un texto no será el mismo si lo lee X a si lo lee Y. Cada cual se apropia de la clave que lo descifra en privado y a su alma sola.

Lo llaman, aunque no están muy claras las dimensiones del alcance de la palabra, posmodernidad. No lo puede estar porque es la época que se nombra a sí misma.

Si la modernidad es la inauguración de la sospecha de que la Realidad entera podría ser falsa (el Genio Maligno cartesiano y también el Sabio Frestón del Quijote, ejemplifican el hecho), la posmodernidad lo que hace es suspender el mecanismo de los valores de verdad. Así la suspensión del juicio permite la multiplicidad de los discursos en la metrópoli democrática.

Discursos contradictorios que no interesa su contenido porque se haya desactivado en forma de opinión e interpretación personal. Nadie ya consigue escandalizarse a menos que alguien se atreva a decir que esto o aquello «es verdad» o «es mentira». Es decir, nadie se escandaliza sino hasta que se intentan reactivar la valencia de la verdad.

Cabe preguntarse si realmente la suspensión de los valores de verdad crea el clima para un discurso vacío de sentido político. Incluso más allá de que este se dé en la práctica. Pues es eso lo que se pretende cuando se intenta evitar que alguien pueda seguir diciendo la verdad: crear un ágora vacía para la convivencia de discursos múltiples, contradictorios y heterogéneos.

Sin embargo, lo que ocurre es que el signo no se vacía, solo se volatiliza. Se abrazan los cambios de paradigma como si fuese el devenir dialéctico del progreso universal. La visión histórica de sí mismo adultera los propios hechos históricos. Nunca se encuentra el espacio vacío para que los discursos se crucen. La sumisión de la palabra al sujeto no es en aras de dignificar a uno o a otra, sino de desactivarla, privatizarla. Creemos que la posmoderindad es la forma de una cosmopolitaneidad ilustrada donde el vacío (el no estar ahí de la verdad y la mentira) es el espacio democrático idóneo para ejercitar el discurso, pero lo que tenemos es un capitalismo salvaje liberalizado donde la palabra (la opinión) circula como una mercancía y se utiliza para desarticular la razón, lo vacío, lo de cualquiera.

La apropiación de la palabra es precisamente el asalto crucial sin el que el régimen de Realidad que padecemos no podría sostenerse. Ella es lo contrario de lo público, de lo publicable.

Es la forma en que se sustenta la ilusión de que hay cosas a parte del lenguaje (sin que ellas a su vez sean lenguaje mismo). Esta privatización no es inocente. Con ella se erige un muro de silencio. Como si precisamente los límites de cada alma fueran eso: silencio. Y su no hablar y no escuchar es lo que les da el estatuto de cosa.

Es así como debe entenderse el sentido de lo publicable en un texto. No solo por el hecho de que tenga calidad de cualquier tiempo, sino porqué su interés y vocación es precisamente ser pública: no pertenecer a nadie. No ser del hablante o escritor particular, ni para un solo oyente o un solo lector. O, en todo caso, que aunque materia sea personal, ésta pueda exceder con creces el interés de los particulares privados para tener el interés de caso público de las almas individuales.

Este interés público determina en gran medida el sentido estético y ético de lo dicho y lo escrito. Que lo que se dice sea útil, que diga algo desde cualquiera hacia cualquiera.