Por Ensō Rōshi (円相 老師)

 

Para escribir primero hay que respirar. Antes de pensar en si hay que hacerlo con el diafragma o con la nariz, si debemos olvidarnos de que es el fundamento de la vida o concientizar la existencia respirando a voluntad, hay que entender qué es respirar. Abrir una puerta en el aquí y el ahora, una puerta que se abre en ambas direcciones; al lugar en el que nos sentamos, ya sea entre dos montañas de piedra o de libros, en el piso, una silla, en la cama, en el pasto; al momento en el que estamos, sea en 1939 cruzando la frontera a México a tener a un hijo libre de campo de concentración, sea a 1986 en un monasterio de San Francisco bajo un cerezo que nunca ha florecido o al momento que sea ahora cuando estas palabras sean leídas, 1999 o 2058. El aquí y el ahora, el presente, ubicarse en esa posición del universo es respirar.

Se abre la puerta hacia dentro y el exterior te habita. Eres la brisa del mar, el sudor de las montañas, la fortaleza de los árboles. En el ahora eres lo que no eres, hasta que la puerta se abre hacia afuera y desapareces en el mundo. Tu aliento, hecho del aliento de todas las cosas, regresa a casa. La montaña es dependiente de la nube y la nube de la montaña y así son independientes. La nube de tu aliento es lo mismo que la brisa del aliento del mar. Pero al respirar, al estar en el aquí y el ahora, el «tu» es la conciencia de existir tanto como el «mi» y el «ti». Son posiciones en el universo, vislumbrarse en la totalidad nebulosa y entenderse en el ahora. Respirar es ubicación espacio-temporal.

Porque hay que saber en dónde se está, dijo el Maestro. ¿Y dónde estamos?, pregunto el discípulo. Aquí. ¿Y dónde es aquí? Ahora. Es lo único que importa entender y entender esto es la práctica correcta, es el Zen. Al sentarnos y observar nuestra respiración nuestra individualidad completa se concentra en un solo punto. Todo el universo que nos compone se filtra a través de un embudo sobre nuestra mente. No es necesario entenderlo para sentirlo pero es necesario entenderlo para perfeccionarlo. Pero quien se concentra en la perfección a futuro no se concentra en el ahora. En esa proyección se pierde el sentido y la función correcta de las cosas, en esa posición no se es la montaña ni la nube.

Para obtener la perfección es necesario no pensar en la perfección. Pensar en el ahora sólo se consigue no pensando, contando, respirando. El tiempo sólo son acciones sucesivas que narramos con linealidad y no existen. No hay tal cosa como el futuro ni el pasado, no existe el tiempo. Nuestra ilusión más grande es no hacer. Nos ubicamos en un futuro distante y sentimos la necesidad de planear la escritura. En ese sentido no estamos en el hoy. Lo primero que hay que hacer es sentarse y lo primero que hay que hacer es respirar. Sólo así vendrá la escritura, sólo así seremos el Zen.

Hay que ser la montaña y brindar aire fresco a nuestras cuevas, dijo el Maestro. ¿Y la muerte no es un aliciente?, preguntó el discípulo. La muerte no conoce a la montaña. La muerte de la montaña es irrelevante. Hace mil años de la última vez que murió la montaña. Para ser la montaña no hay que temer la muerte. Para no temer la muerte no hay que pensar en ella. Hay que respirar. Que se abra la puerta entre ambas dimensiones, en igual cantidad.

Para poder escribir primero hay que aprender a respirar. Cada pincelada es una respiración. Cada caracter es un aliento. El espíritu de una oración es independiente pero depende del espíritu de una página y él de el del libro. A su vez el libro depende del espíritu mayor de la poesía y así por todo el universo. Al respirar escribimos al universo y nos escribimos en el universo y el tiempo, que son la misma cosa: la respiración. El viento es el ritmo del mundo. Dicen que un viejo maestro había alcanzado el samadhi concentrándose tanto en su respiración, que era en realidad el viento, que se convirtió en el viento. Escribir es ser el viento y el viento es Buda.