Por Rafael Zamudio

 

Cuando pensamos en «los griegos» nos vienen a la mente una serie de imágenes labradas en mármol. Pensamos en los dioses Olímpicos, en los bustos de Platón y Aristóteles, en Alejandro Magno. Algunos puede que incluyamos en este panteón algunos conceptos claves, etimologías, un arca verbal de la que surge la vida como la podemos entender, como los modelos griegos de belleza y justicia, o el vino. En realidad nuestro comprendimiento de los antiguos griegos no es tan malo, basado sobre todo en la comprensión que los romanos tenían de los griegos y, por supuesto, en los mismos textos griegos que persisten. Hay algunos errores, normalizados como lugares comunes, como el sempiterno «los romanos le copiaron todo a los griegos», pero es algo que puede permitirse hasta cierto punto.

Lo que pocos asumimos es que la comprensión que tenemos (o podemos, o creemos tener) sobre la antigua cultura griega, incluyendo la lengua, no hubiera sido recíproca, pues ni siquiera los romanos fueron comprendidos en verdad por los griegos. Al menos esa es una de las ideas centrales de La sabiduría de los bárbaros: los límites de la helenización (FCE, 2014) de Arnaldo Momigliano. El libro, en realidad una reimpresión (la primera en español desde 1988), que fue en un principio una serie de conferencias en la Universidad de Cambridge, nos habla en siete secciones de las relaciones del mundo griego, desde el siglo VI o VII a.C. hasta la era Romana. Y si una de las premisas, implícitas en el título, es las dificultades de los griegos para entender a las civilizaciones bárbaras, también se explicita los intentos de los griegos por traducir lo que podían entender de otras culturas a un contexto griego.

La conclusión primera a la que llegué, leyendo a Momigliano, es que muchas de las ideas que tenemos de las civilizaciones que chocaron con la griega son la visión que los griegos tenían de ellas, pese a que otras civilizaciones que también forman parte del canon occidental histórico las hayan comprendido mejor. Los griegos veían a los egipcios como sabios, poseedores de tecnologías extrañas y una conexión profunda con los dioses, por ejemplo. A los celtas los retrataron como muchas veces se imagina a los vikingos: sucios, desaliñados, incivilizados, cuando la realidad es que ni uno ni el otro era desaseado (los celtas se bañaban diario mientras que los vikingos, en una tierra helada, una vez a la semana), ambas culturas gustaban de peinarse y decorar sus vestidos (de un modo distinto a griegos y europeos, respectivamente, pero no por eso más «salvaje»). Con los persas, los eternos enemigos de los griegos, trataron de ridiculizarlos a partir de la ceremonialidad de sus reyes, quienes eran subidos a los caballos y alimentados por sus súbditos. Trataron, también, de minimizarlos una vez que lograron derrotar a uno de los imperios persas, negando la existencia de los otros poderes reinantes en la meseta irania y, en el proceso, se idealizó a Zoroastro y a sus magos como también se idealizara a Hermes Trismegisto: porque pese a todo, los persas también eran sabios y muchos de ellos tenían poderes mágicos. Con los judíos fueron más severos, pues si al principio trataron de darles un puesto místico, que los judíos fueran ya monoteistas resultó en un desencanto profundo, pues no podía traducirse nada de la cultura hebrea a la griega. Una vez que los judíos cayeron en el desencanto fueron tachados de mentirosos, traicioneros, mezquinos y avaros. Y cuando creyeron que los romanos eran como ellos, que los romanos eran otra polis griega surgida de pronto, en una tierra lejana, nunca comprendieron a los romanos y esta fue una de las razones para que los conquistaran.

Pero estas ideas tenían que salir de algún lado. Y si el libro llega a ser denso y requiere una lectura cuidadosa en ciertos puntos es porque Momigliano coloca referencia tras referencia para demostrar, como buen académico, que no dice las cosas a la ligera. Pero cuando la Academia suele ser tediosa y plana, La sabiduría de los bárbaros llega a ser fascinante, incluso hipnotizante. Claro, no es una lectura para alguien que no disfrute de la historia o, incluso, para un lector perezoso que no disfrute ir a un diccionario y a una enciclopedia y a otros libros para avanzar al siguiente párrafo con el contexto necesario. Pero para quien sí lo disfruta o para quien conoce el tema, este pequeño tomo de los Brevarios de Fondo de Cultura Económica puede ser un buen incentivo para la lectura paralela de otras fuentes antiguas. Por ejemplo, para hablar de las relaciones entre griegos y judíos y romanos, Momigliano cita a los libros de los Macabeos. En mi caso tomé una Biblia y leí I Macabeos durante el capítulo para entender mejor qué sucedió en la región. También me remití, después, a Flavio Josefo.

La cuestión aquí es la de las partes que componen un relato. Si Momigliano cita a los historiadores griegos que se encargaron de culturas bárbaras lo hace no sin el conocimiento de que ellos, en su mayoría bárbaros helenizados de origen, escribieron para gustar a sus amos y captores. El historiador en el mundo griego registraba, pero al tener que traducir una cultura barbárica a ideas griegas no tenía muchas opciones: o mistificaba e idealizaba ciertos aspectos, negando otros, como hicieron con los egipcios, los cartaginenses y los persas, o caían en desgracia, como los judíos al no lograr inventar una Historia de su pueblo para audiencias griegas sino intentar traducir la Torah. Al no querer volverse un bien exótico, los judíos casi fueron aplastados por los seléucidas. Los romanos, por otro lado, obtuvieron una ventaja sobre los griegos en el momento en el que aprendieron a hablar y a escribir griego, a fingir ser griegos para los griegos. Si esto es parte de lo que hace que se crea a veces que los romanos le copiaron a los griegos, es porque no se ha desmitificado una de las tácticas militares más grandes de la historia: conoce al enemigo tan bien como a tu amigo. Los romanos, a diferencia de los griegos, aprendían las lenguas de quienes pretendían conquistar, aprendían su cultura, sus costumbres, para conocer sus puntos débiles. Los griegos, en cambio, se consideraban superiores a todos y, por lo tanto, invencibles frente a los bárbaros.

Al final de todo creo que el poder reside en el lenguaje. En aprender la lengua del imperio para algún día poder dominarlo. Si la actual lingua franca es el inglés (gracias al Imperio Británico, no a los Estados Unidos, como algunos olvidan) lo mejor es aprenderla, comprenderla, escribir en ella, mezclarse en ella y desaparecer de la vista, como hicieron los romanos al disfrazarse de griegos. Momigliano no lo dice de ese modo, pero queda claro: al final incluso los judíos escribieron en griego y lo hicieron bien. Después de todo, una vez que cayó el dominio griego las civilizaciones bárbaras florecieron.