Por Genaro Huacal

 

Dueños de una tradición especialmente heterogénea, mezcla de un pasado indígena, una historia de sometimiento por los conquistadores y esquemas establecidos por el desarrollo industrial de la potencia capitalista más poderosa del mundo, los chicanos tienen como consecuencia una literatura testimonio de las experiencias acumuladas a lo largo y ancho de generaciones discriminadas por su origen mexicano, en una lucha que libran en busca de su identidad cultural matizada por una rebeldía crítica contra la opresión.

A pesar de que en los sesenta la literatura chicana tuvo proyección por su gran actividad y luego cobró nuevo auge, sus antecedentes se remontan a una antigüedad insospechada cuya producción es fiel al compromiso con su raza. La vastedad y la riqueza son los signos que identifican a este magnífico fenómeno creativo.

Si alrededor de 1850 la literatura chicana se escribía en español hasta las dos primeras décadas del siglo pasado, a partir de los años veinte hasta hoy las expresiones literarias se inclinan paulatinamente por la lengua del país donde nacen, quizá por el deseo de ser leídos por mayor número de personas.

En los últimos tiempos el lenguaje de la literatura chicana se encauza por distintas direcciones: novelistas y cuentistas escriben en inglés, otros en español y un tercer grupo de narradores, poetas y dramaturgos recurre a una mezcla natural de inglés y español.

La aventura inicia en el siglo XVI, en 1542 con Los naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y aún no concluye. Los chicanos nacen como tales en 1848, año en que se firma el Tratado Guadalupe-Hidalgo por el que Santa Anna aceptó que el río Grande fuera la frontera meridional de Texas y cedió a Estados Unidos los actuales estados de Arizona, California, Nuevo México, Utha, Nevada y parte de Colorado a cambio de quince millones de dólares.

 

Las primeras semillas de la literatura chicana enraizaron en el siglo XVI y tenazmente germinaron en los siguientes cuatro siglos, continuando la larga tradición de la literatura española prosperaron el teatro, la prosa y la poesía.

 

La saga de Luis Valdez

El teatro chicano contemporáneo inicia en 1965 cuando este estudiante de drama en la Universidad Estatal de San José fundó el teatro campesino para sostener económicamente una huelga encabezada por César Chávez contra los dueños de los viñedos del Valle de San Joaquín. Valdez fue clave en el desarrollo del teatro chicano como dramaturgo, director, productor y en el esfuerzo por el bienestar de los campesinos.

El acto es la forma dramática fundamental, creada por Valdez, del repertorio de los grupos teatrales chicanos. No emplea escenarios, tiene poca utilería: además de los carteles en el cuello de los actores, bastan unos pantalones viejos, lentes oscuros y una que otra menudencia.

Nuevos grupos como Teatro de la Esperanza, Teatro de la Gente, Teatro Aztlán, Teatro Urbano y muchos más se agrupan en el Tenaz (Teatro Nacional de Aztlán), asociación que impulsa, orienta, dirige y adiestra a directores y actores. Entre los dramaturgos se cuentan Ysidro Macías, Octavio Romano, Ron Arias, Carlos Morton, Fausto Avendaño, Rubén Sierra y Nephtalí de León.

 

Los nietos del abuelo

La narrativa chicana madura, sus autores transmiten con refinada sicología los aspectos multifacéticos de la experiencia de su raza, el drama humano y su tránsito vital. Sabine Ulibarrí ocupa el lugar más importante en la narrativa breve. Toda su obra está escrita originalmente en español. Otros exponentes son Rubén Darío Sálaz, Daniel Garza, Arturo Rocha Alvarado, Saúl Sánchez, Nick C. Vaca, J. L. Navarro y José Olvera.

 

El largo aliento

La novela chicana contemporánea cumplió rápidos adelantos en el último cuarto de siglo hasta convertirse en su mejor forma de expresión. Como espejo de circunstancias históricas y sociales refleja los conflictos con mayor agudeza de oficio y mantiene afinidad con la novela norteamericana y latinoamericana, escriben en inglés y español. Sus destacados autores son Sandra Cisneros, Tomás Rivera, Rudolfo Anaya, Rolando Hinojosa, Miguel Méndez, Alejandro Morales, Aristeo Brito, Orlando Romero y Nash Candelaria.

 

Las canciones de mi padre

La poesía chicana de hoy es diversa en cuanto a temática, técnica y manejo lingüístico. Los poetas explotan todas las vetas en pos de la vitalidad y desarrollo del género. Aunque mantienen su compromiso de lucha por el cambio social son artísticamente independientes y revolucionarios en el ejercicio literario como en su vida sociopolítica. Saludable y dinámica la poesía chicana es fuente de inspiración para las nuevas generaciones. Entre ellos Rodolfo González, Alurista, Ricardo Sánchez, Sergio Elizondo, José Montoya, Tino Villanueva, Tigre Pérez, Ricardo García, Rafael Jesús González, Miguel Méndez, Gary Soto, Ángela de Hoyos, Nina Serrano, Lin Romero, Berenice Zamora, Dorinda Moreno, Inés Hernández Tovar, Margarita Cota y otros son sus afanosos cultivadores.