Son muchachos que suben y tienen los ojos y la mente llenos de excitación, son hombres que bajan y tienen una mirada derrotada o se rinden a la evidencia de que han llegado a donde iban.

 

Unos se lo toman bien, otros mal, otros se resignan.

 

Unos dejan un buen recuerdo, otros uno malo. Otros no dejan más que una camisa olvidada en la taquilla.

 

La ciudad espera, siempre. Es el ritmo lento de la provincia, en la que todo sucede con morosidad, todo llega de fuera. En otro tiempo fue el ferrocarril, luego llegaron los automóviles, la televisión y ahora la internet.

 

Hay palabras huecas y palabras abundantes que muchas veces dicen lo mismo.

 

La cara al Sol disputa el espacio a la cara en sombra.

 

Los ricos con los ricos, los pobres con los pobres. Sólo la belleza es una mercancía capaz de romper esta cadencia y subvertir las expectativas.

 

El pensamiento se concentra y se diluye, se condensa y se enrarece, se irrita y se relaja.

 

Entre vencedores y vencidos la derrota y la victoria tienen una cosa en común: fuerza, carácter.

 

Ahora que han cambiado los semáforos por rotondas y el mundo ha perdido una buena ocasión para hurgarse la nariz, todo circula de forma bastante fluida, menos cuando conducen la edad y la estupidez.

 

Hoy me siento muy viejo y muy estúpido por lo que he hecho en el pasado y por lo que debo hacer ahora.

 

La experiencia es una tontería, no existe, es un beso que no despierta de ningún sueño.

 

La experiencia no sirve más que para saber cómo sufriremos o cuánto sufrirán los que nos rodean.

 

Hay heridas que aunque sean pequeñas nunca dejan de sangrar.

 

Todos los días los nuevos ricos pasan por el barrio y recuerdan lo que fueron. Los obreros sólo ven confirmado lo que serán el resto de sus vidas.

 

Muchas tradiciones no son más que adaptaciones al mal menor.

 

En los lugares pequeños siempre hay alguien que conoce a alguien que conoce a alguien.

 

Antes no fumaba, era deportista y necesitaba todo mi aliento. Luego sucedieron cosas que me dejaron sin él y eso que tenía mucho.

 

La fortuna, la fe, el amor: pura ceguera. Un día nos obligan a abrir los ojos y vemos cómo funciona en realidad el mundo.

 

Las primeras palabras que aprendí en inglés eran los nombres de los golpes en boxeo y tengo que decir que si da en la barbilla o en el hígado, hace daño.

 

Los perdedores nunca salen con demasiado rabo entre las piernas.

 

Cuando la tuve ante mí y la miré y la olí y la oí me pareció que Dios me había devuelto la costilla. No sabía que unos años después volvería a quitármela, sin anestesia.

 

Los hijos son las únicas personas que pueden hacernos aceptar la idea de la muerte porque ningún padre ni madre quiere sobrevivir a quienes trajo al mundo.

 

Siempre he sido un hombre solitario, ahora soy un hombre solo. No pensé que con el tiempo sentiría la diferencia.

 

De un tiempo a esta parte uso con cuidado la palabra anciano.

 

Como las cosas se tuerzan, mañana podría ser uno de esos vejetes friolentos que se pasean con abrigo en pleno agosto.

 

La gente siempre está dispuesta a arrimarse al sol que más calienta.

 

El mundo está lleno de gente con iniciativa, buena voluntad y manos que lavan otras manos.

 

La complicidad anula las categorías.

 

Los momentos nunca duran mucho.

 

Lo más difícil del mundo es encontrar a alguien que nos acepte como somos. Por lo general, la gente es tan superficial que se conforma con lo que cree que somos y a veces se trata de dos personas distintas.

 

Las emociones halladas sin buscar son por lo tanto más sorprendentes.

 

¿El fin de la pasión se convertirá en ternura o en ganas de escapar?

 

Las pequeñas costumbres día tras día ensanchan los límites de una amistad.

 

Los lazos que se tienen con los hijos son una condena de por vida y no ofrecen alternativas.

 

El hielo que llevo dentro basta por sí solo para refrigerar el ambiente.

 

Para quien ha estado en la cárcel no es fácil tener una buena relación con un hijo. Siempre hay alguien que sabe y que, en el momento oportuno, cruel y puntual, arroja la verdad a la cara. Ocurre siempre.

 

Para mí la edad en la que un padre es un héroe pasó de prisa. Quizá ni siquiera existió.

 

Aquellas palabras nos alcanzaron como balazos. Él resultó herido, yo resulté muerto.

 

Entre nosotros siempre se ha interpuesto la sombra de mis antecedentes penales, a veces tan grande y oscura que ha resultado un eclipse total.

 

La ausencia de ella fue más fuerte que nuestra presencia.

 

De vez en cuando cenamos juntos, pero el pan se digiere mal cuando hay tensión.

 

Temía por su futuro y me avergonzaba tanto de mi pasado que no podía sentirme orgulloso del presente.

 

Nos encontramos en el único lugar donde ni él ni yo teníamos defensa, el cementerio.

 
 

// Genaro Huacal