Por Eloy Garza

 

El arquitecto Norman Foster trabaja en México en dos proyectos de gran calado: el nuevo aeropuerto internacional de la ciudad de México y dos torres inmobiliarias de 32 pisos, ubicadas en San Pedro, Nuevo León. El primero será casi una ciudad horizontal para viajeros, que costará 9 mil 700 millones de dólares. El segundo tendrá forma de cilindros verticales de vidrio con acero y cada departamento costará alrededor de un millón de dólares.

Norman Foster fue uno de los mejores arquitectos del mundo, hasta que se volvió comercial y su prioridad fue acumular una fortuna estimada en más de 250 millones de dólares. Por eso quiso construirse una leyenda de su propia vida, como ocultando la zona gris de algunas de sus obras, las más mediocres de su larga carrera.

A las figuras públicas les gusta escribir sus memorias, pero Foster prefirió que Deyan Sudjic, Director del Design Museum de Londres, le escribiera una biografía elogiosa y condescendiente de su vida. Se publicó en 2011, bajo el título “Norman Foster, arquitectura y vida”. Pasó sin pena ni gloria en los estantes de las librerías.

El problema para Foster consiste en que su declive no fue una línea descendente, sino un zigzag de obras maestras y malas construcciones, a partir de la escalada que marcó su reconocimiento mundial: el Hong Kong and Shanghai Bank, de1985. Desde entonces se convirtió en un artista irregular, con subidas de notoria calidad y descensos en caída libre.

Su leyenda de self-made (del barrio humilde de su natal Manchester se marchó a EUA en los años 50 para descubrir su talento excepcional), contrasta con el rumor de que Foster recicla sus mejores diseños y planos para ganar dinero. La explicación que da el propio Foster del asunto es tautológica o francamente tonta: “puede ser por el miedo a afrontar problemas financieros”. O sea, quiere recibir mucho dinero por el temor a perderlo todo.

Eso no justifica que Foster desprecie el altruismo y la filantropía. La única obra social que construyó –las viviendas para pobres en Milton Keynes– fueron técnicamente una nulidad, resultado atribuible a un arquitecto principiante.

En cambio, cuando se lo propone, Foster hace de algunas terminales aéreas de su autoría, impresionantes ciudades futuristas. El aeropuerto de Pekin, por ejemplo (en forma de dragón chino), es emblemática de su genialidad. Mide tres kilómetros de longitud, su construcción abarca 986 mil metros cuadrados y tiene capacidad para que transiten al año 76 millones de pasajeros. Es una geometría con luz natural y microclima interno.

De manera que Norman Foster no es uno sino dos arquitectos: el artista de primera línea y el diseñador de tercera fila. ¿Cuál de los dos personalidades será el creativo del nuevo aeropuerto de México y de las dos torres de San Pedro? El tiempo lo dirá.