Por Adán Ramírez Serret

 

El poeta y ensayista Hernán Bravo Varela (Cuidad de México, 1979), ha escrito cinco libros de poemas y ha sido el poeta más joven en recibir el Premio Elías Nandino, a los veinte años, en 1999. Recientemente ha publicado Prueba de Sonido: antología personal (1997-2012) (Colección Lágrima de Batavia, Posdata, 2013) y Hasta aquí, (Almadía, 2014). Platicamos con él sobre poesía y sobre sus poemas.

 

En Prueba de sonido Comienzas hablando de las reverberaciones, la poesía que sigue sonando

Hernán Bravo Varela: Tiene que ver con la física acústica que describe muy bien el proceso de aterrizaje de las palabras en la página en blanco, pensando en este como una pared donde rebotan esos sonidos que reverberan y regresan a nosotros ya transformados y que a pesar de que la fuente original del sonido haya desaparecido hace tiempo, la podemos escuchar como si acabara de emitirse. De alguna manera quise trabajar medianamente con ese concepto, sin la ingenuidad de la teoría como decía T.S. Eliot, quise pensar en la manera en la que nuestras experiencias llegan a reverberar en la página en blanco y terminan transformadas en un poema. Experiencias que muchas veces no existen previas al poema, sino que el poema se encarga de desentrañarlas y en última instancia de crearlas.

 

¿Cómo concibes la oposición entre fonocentrismo y escritura? ¿Existe?

Las dos son una cosa y la misma. El problema es rendirle un culto desmesurado a la melodía y la armonía, que son términos estrictamente musicales dentro del poema; y no pensar que las leyes de la escritura también obedecen a otros estímulos y pertenecen a otras superficies o a otras materias. Para empezar, toda aproximación que hagamos de esos términos será metafórica porque la música ocurre en el tiempo; la poesía se nutre del tiempo pero no existe en el tiempo, o no sólo en el tiempo. Está impresa y pertenece más al espacio, se ramifica y fructifica en el espacio. Entonces, para empezar son dos artes que poseen esa diferencia esencial. Por lo tanto cuando hablamos de música en poesía lo que habría que decir es que se trata estrictamente de una música verbal que tiene una serie de leyes que están contempladas específicamente para la palabra escrita. Por supuesto que leídas en voz alta se transforman en otra cosa, en un asunto de tiempo pero su realización oral es otra cosa. Pensando que los poemas sean una partitura musical pero ahí volvemos a otra metáfora.

 

Justamente dejando de lado la música, tu poesía tiene un fuerte impulso narrativo.

Sobre todo en el libro Hasta aquí creo que es más evidente el ánimo narrativo de los poemas. En Prueba de sonido sí había, por todos los libros que recoge, una intención mucho más lírica de explotar las posibilidades del sonido y de la imagen. En poemas apretados, ceñidos a formas más abiertas o cerradas, depende; pero sin duda había una certidumbre lírica mucho mayor que en Hasta aquí, en estos poemas esa certidumbre desaparece y da paso a una construcción mucho más compleja, donde interviene la crónica y el relato. Aquí estos géneros están recombinándose y mutando según indicaciones muy azarosas de la experiencia que ahí se retrata. De alguna manera ilustra el periplo o el dilema que muchas veces trató de resolver en entrevistas José Emilio Pacheco, ¿cómo puede uno diferenciar para determinado asunto si se trata en verso o en prosa? No lo sabemos, sencillamente ese asunto conlleva, sospecha una forma. Y creo que el primer golpe de emoción y de sentido ya lleva rubricada la forma que tendrá.

 

La colección de poesía de Almadía se caracteriza porque sus obras giran en torno a un solo tema. ¿Cómo surgió Hasta aquí?

La idea del libro se viene germinando invisiblemente a la hora de escribir tal vez el primer poema del conjunto. En ese momento yo no tenía la menor idea del libro que sería y mucho menos que sería favorecido por el increíble diseño de mi querido y admirado Alejandro Magallanes. Después de algunos otros poemas, que más o menos tenían una semejanza tonal, un aire de familia podemos decir. Se fue generando, lenta e inconscientemente, la forma visible, la cara del libro. Solamente hasta que escribí “Antes” y “Después”, los poemas que abren y cierran el libro; me di cuenta de la estructura, de cómo debía plantearla. Todo lo que iría en medio, que son todos los poemas que contiene, estarían divididos en cinco capítulos como si fueran las partes de una autobiografía ficcional en verso su mayor parte. Vendrían prologados y cerrados por esta voz, entre ficcional y autobiográfica, que da su testimonio sobre la pérdida de peso como perdida del lenguaje y pérdida retórica. Con una intención de contar y cantar muy escuetamente, con la música como ruido de fondo. Quería que el lector leyera estos poemas como si fueran prosas. Me gusta que estos poemas den “el gatazo” de muchas cosas. Leer poesía de manera relajada. Podemos pasar por grandes experiencias poéticas que no exijan la estimulación de lo difícil.

 

 

Imagen: Nuria Lagarde, 2012