Por Eloy Garza

 

Un buen amigo de Tanzania, Dotto Stevens, me cuenta que en los diarios de su país es común que junto al recuadro del defensor del lector, aparezca una sección para que los inspirados publiquen poemas rimados sobre las noticias del día. Así, cada mañana los tanzanos se despiertan con versos alusivos al conflicto en Gaza, una nueva vacuna contra la malaria, un accidente de tránsito, o el atropellamiento de una jirafa.

“Increíble” reacciono con envidia. “Si en México practicáramos más frecuentemente ese mismo hábito, como se hace en Tanzania, las cosas en la prensa serían distintas. Habría mejor crítica ciudadana, apertura de medios y más capacidad de diálogo público.

“¿Todo eso con la publicación de poemas rimados sobre noticias?” Me pregunta Dotto y yo le contesto: “No, todo eso con la creación de defensores del lector”.

La prensa mexicana, con sus honrosas excepciones, no suele ser autocrítica: somos expertos en editorializar la nota, adoctrinar, adjetivar los hechos, deslizar calumnias disfrazadas.

De hecho, nuestra prensa masiva casi nunca comete errores, casi nunca se equivoca, como si fuera la más infalible del mundo. ¿Ha leído en algún diario impreso mexicano cualquier retractación? ¿alguna confesión por excederse, exagerar, distorsionar u omitir un hecho público? ¿enmendar la plana? ¿pedir disculpas por falsear un dato u ocultar su fuente?

En buena medida, la prensa en México, tal como la conocemos ahora, se configuró a principios del siglo XX con El Imparcial (por desgracia el primer periódico parcial) y con la figura del “reporter” (en ese entonces no se castellanizaba la palabra reportero). Todas las virtudes del mejor periodismo mexicano, y todos los defectos de la prensa vendida, nacieron en esa época cuando la patria era adolescente y don Porfirio Presidente.

Escribía Manuel Gutiérrez Nájera en 1895: “…el hombre más terrible en México, la personalidad más terrorífica, viene siendo el reporter. A medida que los escritores bajan, los reporters suben. Estos caballeros y los moscos no respetan la vida privada. Antiguamente se podía no ser hombre público, pero ahora es imposible escapar de esta desgracia”. Luego, décadas más tarde, vinieron la radio y la televisión y la vida privada se confundió con la vida pública.

Con Internet, la prensa se abre a la crítica ciudadana, la participación colectiva, el prosumidor (productor y consumidor de noticias al mismo tiempo) y proliferan en la red los diarios digitales. Quizá esta sea una alternativa al defensor del lector, o más bien, es la creación masiva de espacios libres para los prosumidores. En todo caso, es un entorno tan tentador, como los poemas rimados que los lectores de Tanzania envían a la prensa de su país, para formar un incipiente debate ciudadano.