Por José Jaime Ruiz

Finalizó la euforia del Mundial de Futbol y la ausencia del regate fue evidente. Las estrellas lucieron apagadas, salvo por algunos chispazos de Cristiano, Messi o Robben, quien es mucho más que un clavadista. El ascenso de nuevos personajes le ha dado frescura a la anquilosada FIFA. El mayor logro de esta mercadotecnia es que el mundo del espectáculo ya entró al Mundial (Rihanna, Beckham, Edward Norton, la continuidad de Shakira, por mencionar sólo algunos).

La final del futbol, con la ausencia de futbol, se resolvió con una bella jugadita de Götze quien resultó una revelación de la Escuela Germana –el joven James Rodríguez es la revelación de la enjundia latina. La ausencia de futbol fue la presencia de la disciplina, aunque ello haya dado excelentes partidos, como el de Bélgica contra EUA. Sin embargo, ha faltado el futbol, el orden le ha ganado a la aventura.

¿Dónde el regate, el dribbling, la gambeta? ¿Dónde los pobres en los estadios? El espectáculo de elite olvida lo esencial: el futbol, la “prohibida aventura de la libertad”.

Al decir de Eduardo Galeano:

“Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

–Una linda jugadita, por amor de Dios.”

Exacto, no hacer lo correcto, intentar lo sublime. Y lo sublime ya no es de este mundo porque el equipo alemán es políticamente correcto y la corrección conlleva un poco de indignidad. Y renunciar a la gambeta es también políticamente correcto. Por eso la debacle de Brasil, por eso el ascenso de los africanos en el regate.

La Escuela Germana es una escuela de la corrección, de la planeación, de la empatía con sus sedes, de lo híbrido y productivo que resulta el tiqui-taca de Pep Guardiola con la fuerza, el orden y la velocidad alemana. España abdicó temprano, pero el estilo que los hizo campeones se prolongó con los alemanes.

En la era del futbol de la corrección, las individualidades pesan menos. Así lo demostraron Cristiano y Messi (la ausencia de Zlatan Ibrahimovic gravita). Y ya no más Garrincha, Eusebio, Pelé, Cruyff y Maradona, hombres en su siglo, sólo en su siglo.