Por Eloy Garza 

@eloygarza

A más de la mitad del 2014 podemos anticipar que este año se recordará como el de los usuarios de las redes sociales. Los aficionados a Internet han reforzado una tendencia global: se divierten y reinventan el futuro de la web mediante el código y la cultura libres.

En suma, han cambiado para bien los métodos de enseñanza-aprendizaje, la interrelación social, el periodismo en línea, el e-commerce y se instalan en nuestro entorno las ventajas del Open Data, el Big Data, el Internet de los Objetos y en general, la cultura actual que hemos denominado “Do it Yourself”.

La opinión se consolida si rastreamos en la historia reciente: ¿quién era Steve Job sino un aficionado a las computadoras que desconocía casi todo del lenguaje de la programación? ¿No era entretenimiento sin rentabilidad las primeras páginas web? Según el propio inventor de la web, Tim O´Really: “las ideas creativas nacen de diversas fuentes, pero las tecnologías disruptivas las crean hackers, geeks y aficionados”.

Estos aficionados a los que se refiere O´Really se adelantan a las inversiones cuantiosas de los emprendedores: ponen un pie por delante en el terreno inhóspito de la utopía. Lo explica mejor Linus Torvalds, una de las mentes más brillantes detrás de la revolución de Internet, en un libro de culto que se adelantó a su tiempo: “Sólo por divertirse”.

En esta obra, publicada en 2001, Torvalds reconoce que de joven era un nerd, un geek, cuando estas denominaciones no eran sinónimos de genialidad sino adjetivos descalificativos. Su metamorfosis de niño retraído y enjuto a celebridad del underground, se describe como el desarrollo de un simple hobby hogareño que pronto se convirtió en el fenómeno masivo de código abierto mejor conocido como sistema operativo LINUX, que tomó al mundo por sorpresa.

La manera como el propio Torvalds narra su vida fascinante y su filosofía empresarial desde un enfoque de mero aficionado, sólo es comparable a la muy entretenida biografía que Walter Issacson publicó sobre Steve Job y su obsesivo afán de elevar a la altura del arte y con esfuerzo de titanes, la convicción de que la vida trata simplemente de pasar bien el rato.

Lo más revelador en esta los aficionados geniales, consiste en saber que ninguno de ellos busca intencionalmente –al menos en sus inicios—la fortuna como finalidad existencial. Lo hacen, eso sí, por un egoísmo evidente que se resume en una palabra clave: diversión.