2014-01-03 03.35.29

Hace calor. Adentro del departamento hace calor. Debajo de tanta ropa, del abrigo. Adentro de los guantes, la bufanda. El problema, en realidad, no es tanta ropa. Es el departamento. El edificio en el que vivo es viejo. El sistema de calefacción también. Los radiadores sisean toda la noche. Podría pensarse que esto tiene sus ventajas. Y sí: debo admitir que las tiene. El sonido que emiten los radiadores me ayuda a conciliar el sueño, especialmente cuando no he comprado whiskey ni me queda hierba para prepararme el clásico té de medianoche. También se siente bien abrir la puerta y ser recibido por un golpe de aire caliente. Calor de hogar. El problema es que quince minutos después de haber cruzado el umbral el calor se vuelve insoportable. Sofocante. Tanto así que es necesario abrir una ventana y dejar que el aire helado se pasee por el departamento. Mi termostato es natural. Es una pieza de tecnología análoga.

Rex también padece este calor, a veces, si olvido dejar abierta una ventana para él. Rex es un conejillo de Indias que nos hace compañía a cambio de comida y techo. A cambio, también, de que nosotros, los humanos de esta casa, recojamos cada una de las piezas pequeñas de excremento que le gusta dejar apiladas en las esquinas de su jaula.

La jaula de Rex está junto a una de las ventanas. Quiero pensar que a él, como a mí, le gusta ver la nieve. La nieve cae muy fina, finita, pero no cae desde el cielo. Cae desde los techos y las azoteas. Desde los jardines congelados, ahora blancos, ya no verdes, que descansan encima de algunos de los edificios vecinos. Es más: creo que ni siquiera cae. Flota. El viento la levanta y hace que se mueva de derecha a izquierda. El viento juega con los copos y se siente igual que vivir dentro de una de esas bolas de cristal con nieve artificial adentro. Aunque yo nunca he vivido en una esfera de cristal.

Esta es ya la tercera tormenta que azota la ciudad desde que comenzó el invierno. Según los meteorólogos de The Weather Channel, la tormenta está golpeando también a los estados del sur, y se dice que habrá nieve en Texas. Quizá la nieve alcance al mismísimo Monterrey. Quizá no.

Miro a través de la ventana y veo un grupo de judíos ortodoxos caminar de prisa rumbo a la calle Myrtle. El que va al frente del grupo carga un estandarte. Por alguna razón me hacen pensar en el Apocalipsis. Uno de los tantos editores de la New York Times Magazine acaba de publicar un libro sobre el Apocalipsis, y yo acabo de leer esa noticia en el periódico Metro, edición New York. El libro es uno de esos aspirantes a best seller, uno de tantos de los que las editoriales en este país se esmeran en publicar año con año. En él se describe un Nueva York postapocalíptico: las cenizas de la ciudad luego de ser azotada por tormentas invernales y ataques terroristas. En esa ciudad del futuro las clases privilegiadas nunca salen de sus casas: mudan su vida entera al universo de la realidad virtual. Las clases menos agraciadas, en cambio, se ven en la necesidad de trabajar para enfrentar las múltiples hostilidades de las que son víctimas, en una ciudad marcada por el abandono y la desesperación. Marcada, también, por el frío.

Al parecer el libro de este señor editor será convertido en película próximamente. Según la nota que he leído, Denzel Washington se ha apuntado para ser el protagonista, y los estudios de la Warner Brothers han manifestado su interés por realizar la versión fílmica del libro. Sin embargo, en este país un productor puede pagar una cierta cantidad de dinero por adjudicarse el derecho, de manera exclusiva, a comprar los derechos de una obra intelectual en el futuro sin tener que comprarlos de manera inmediata. Así es: comprar el derecho exclusivo a comprar los derechos del trabajo creativo de alguien más en el futuro. Esto quiere decir que si Denzel no se anima, el libro de este pobre editor tal vez nunca se convierta en película. No me parece tan malo, esto. Sería un prudente ahorro de recursos. Una sabia decisión.

Al final de cuentas debo admitir que todo esto me tiene sin cuidado. Primero, porque yo soy de esos que deben salir a trabajar para enfrentar las múltiples hostilidades de la vida, etcétera. O quedarme en casa a trabajar: da lo mismo. Mi versión del universo virtual se reduce a Facebook y a YouTube. Y segundo, porque solamente una de las ideas de este editor/autor me parece atractiva: la de que el Apocalipsis se está tomando su tiempo. El fin del mundo llegará, según él, con lentitud. En eso estoy de acuerdo.

Finalmente lo más importante de todo es que hoy tengo calor. Calor como en un horno mientras allá afuera la nieve se agita en el aire, se agita el aire y hace frío. Hace frío. Como el frío que se siente adentro de una de esas artificiales esferas de cristal.

 

Salvador Olguín (Monterrey 1979) es escritor y diletante. Su trabajo ha sido publicado en México, Brasil, España y los Estados Unidos. Recibió el Premio Regional de Poesía Carmen Alardín en 2010 por su libro La carabela portuguesa. Es autor de un ensayo sobre la obra de José Gorostiza, publicado en José Gorostiza. La Palabra Infinita (México, Tierra Adentro 2001), así como de la obra Siete días, pieza de teatro experimental basada en el poema “Muerte sin fin”. Fragmentos de su trabajo de investigación sobre las relaciones entre la escritura, la fotografía y la muerte han aparecido en los libros The Morbid Anatomy Anthology (New York, 2013) e Imagen y Muerte (Barcelona, 2013). En 2011 fue curador de La Lotería International Art Exhibit, una exposición de artistas provenientes de más de 11 países montada en la ciudad de Nueva York. Forma parte del colectivo Observatory con base en Brooklyn, NY, el cual explora las conexiones entre el arte, la ciencia, la magia y la naturaleza. Es licenciado en Letras Españolas por la UANL, terminó una Maestría en Estudios Humanísticos con especialidad en Literatura en el Tecnológico de Monterrey, y es también Master in Humanities and Social Thought por la NYU.