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Por Daniel Espartaco Sánchez

 

Como es natural, cuando terminé de leer la primera novela de Fernanda Melchor, Falsa liebre (Almadía, 2013), lo primero que pensé fue en escribir una reseña para ponderar los aspectos que más me habían gustado del libro. Me pareció que Falsa liebre era la clase de novela que los lectores interesados en la nueva literatura mexicana necesitan: se lee con fluidez, trata sus temas a profundidad, y está escrito en un lenguaje cuya riqueza léxica y sintáctica no apela al barroquismo tropical; describe al mismo tiempo un territorio olvidado de nuestras letras: el puerto de Veracruz.

Entre tanto polvo y mezquitales y carreteras interminables del desierto del norte de México, Falsa liebre arriba al panorama de las letras con otra clase de flora y fauna, la del trópico. Y aunque en el libro el calor húmedo amenaza con ahogar a cada momento a los protagonistas, es una lluvia de frescura comparada con las historias de narcos y cuernos de chivo. Después de pensármelo unos días llegué a la conclusión de que cuando uno escribe una reseña siempre hay algo que se queda en el tintero, sobre todo al tratarse de un libro tan huidizo como Falsa liebre: un mosaico de personajes e historias, paisajes e interiores, en los que uno podría detenerse a comentar cada detalle. Tal vez lo mejor sería, pensé, conversar con la autora en Gtalk, y ella pareció mostrarse de acuerdo, aun cuando sus obligaciones académicas y domésticas le dejan muy poco tiempo. Conversamos un miércoles, por la mañana, yo en la ciudad de México, con una taza de wulong en la mano; ella en la ciudad de Puebla (también con wulong), donde estudia una maestría en estética y arte, lo que sea que ésto signifique.

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Daniel Espartaco Sánchez: “Mirad, ¡qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!”, de la Epístola de Santiago, es el epígrafe a Falsa liebre (Almadía, 2013), y me parece que es una de las claves de la novela. Una clave suplementaria, que va más allá de la diégesis. Dime si me equivoco. Como si este conjunto de historias que nos cuentas y que transcurren en 1999 fueran una descripción de algunas causas que llevaron a Veracruz a estar en el mapa de la violencia durante el sexenio pasado, y el actual: la marginación y la violencia (no oficial) en la que viven los protagonistas adolescentes, por ejemplo. Creo que el mérito, en ese plano, de Falsa liebre, está en decirnos más sobre el caldo de cultivo que era Veracruz, que en intentar ganar algo de público hablando de Zetas para estar en la mesa de más vendidos de Sanborns.

Como que comprendí muchas cosas de un lugar en el que sólo he estado como turista. Aunque, debo, decirte, odio La Parroquia, pero más a los meseros de La Parroquia. Un día pedí una naranjada. “¿Con agua mineral?”, me preguntó el mesero. “Sí”, le dije. Y cuarenta minutos después me trajo una naranjada y, aparte, una botella de agua mineral. “¿Qué es esto?”, le pregunté. “Una naranjada con agua mineral”, me dijo, de la manera más parsimoniosa posible.

 

Fernanda Melchor: Jajaja. Me agrada mucho la lectura que haces del epígrafe. Y creo que es más certera que la que yo originalmente pretendí. Esa parte de la Epístola de Santiago se refiere a la naturaleza de la lengua humana, que es la de una fuente de la que mana tanto agua dulce como salada; es decir, de cómo con simples palabras, estos ruidos articulados que emitimos los primates, puedes destruir a alguien, marcarlo para siempre, o glorificarlo y salvarlo. Pensé que funcionaba como una especie de advertencia, y bueno, la advertencia de la que tú hablas es otra, pero creo que también das en el clavo. Me choca mucho cuando la gente habla de la violencia del narco, de las atrocidades que se cometen a diario, de este asunto de los niños sicarios, como si fuera una especie de enfermedad que Veracruz o el país contrajeron de un día para otro, como si todo esto no tuviera antecedentes en las condiciones en que vivimos, en la manera en que nos tratamos unos a otros…. La violencia del narco impresiona por su brutal retórica de cuerpos cercenados: esa es su intención. Pero a muy pocos ya nos impresionan las indignidades que se cometen, que cometemos contra los demás y contra nosotros mismos; esas pequeñas o grandes violencias que dejamos pasar como parte del orden natural de las cosas…. En algunos de los borradores aparecían situaciones relacionadas con el narco; fue inevitable escribirlo. Una vez balacearon la casa de un vecino mientras yo luchaba para sacar uno de los capítulos, y era casi imposible no reaccionar de alguna forma a este miedo. Pero terminé por eliminar toda pista de ello. Me pareció que no venía al caso.

 

DES: No, me gusta más tu versión del epígrafe. Me siento como el tipo de Inside The Actor’s Studio, ¿cómo se llama? Sí, James Lipton. Y sí, es una decisión acertada no caer en lo fácil, en lo que yo llamo el narcxplotation, pero tampoco caer en lo contrario, que es negar la realidad. Uno de los aspectos que más me gustan de Falsa liebre es que esta marginación (la de Andrik y Zahir) se narra desde dentro, desde su propio universo, como si no existiera otra cosa, sin la acostumbrada distante frialdad del escritor, como lo más natural del mundo, pues utilizas una narrador avec. Su expectativas, que podrían parecernos inmediatas, son poderosas. Son impresionantes los detalles, como si uno estuviera ahí. También hay un universo de clase media baja típicamente mexicano (el de Pachi y Vinicio), jarocho, que pocas veces es descrito. Una de mis partes favoritas es la primera de Pachi, en donde vemos sus problemas domésticos, y el escenario donde se desenvuelve, a través del flujo de conciencia. Hay detalles que me parecen entrañables, porque son cercanos. Tus personajes comen, van al baño, tienen el caño de la regadera tapado. Me impresiona la capacidad del narrador para conocer tantos detalles tan íntimos, habla de experiencia y observación. Y cuando leí todo esto como colega escritor, lo primero que pensé fue: ¿cómo chingados sabe tantas cosas Fernanda Melchor? Me parece más que obvio que has convivido de una manera cercana con todo esto, ¿verdad?

 

FM: Sí y no. Conocimiento y experiencia son las palabras claves: uno rellena los huecos del otro. Por ejemplo, de chica no salía mucho. Mis padres trabajaban todo el tiempo o cuando andaban por ahí simplemente no estaban disponibles. Mi hermano y yo pasábamos mucho tiempo solos. Yo leía de todo porque era una buena forma de pasar el rato y además tenía esta sensación, mientras leía, de estar viviendo otras vidas, que podían ser mejores o peores que la mía, pero que siempre eran diferentes, y eso era emocionante, salir un poco de aquel cuarto de esa casa de barrio clasemediero, salir de esa piel de niña buena. Eso por la parte del conocimiento. Por la parte de la experiencia, en gran parte las atmósferas de la novela se deben a muchos lugares y circunstancias que viví en la adolescencia. El parque que aparece en varios capítulos realmente existe. Ahí pasé buena parte de mis tardes entre los 15 y los 18 años, en compañía de una caterva de amigos algunos más o menos cercanos que otros, más o menos marginales, y aprendí mucho de ellos, de lo que se siente ser hombre, o más bien, de lo que se siente intentar convertirse en hombre en un entorno que no es propicio para la maduración de nada.

Pero no es mi intención decir que yo tuve una vida ruda y marginal como la de algunos de mis personajes. En realidad podríamos decir que soy más bien fresa en comparación con ellos. Creo que lo único que hice fue tomar cosas de aquí y de allá, tanto de la experiencia mía como de la gente cercana a mí que me compartía sus cosas; como del conocimiento de los libros y la intuición, para tratar de construir algo que tuviera sentido a nivel del realismo pero más sentido en el nivel de las emociones. Porque las emociones más fuertes, las más primarias, son las mismas en cualquier clase social. Por eso la literatura se ocupa de ellas, por universales.

 

DES: Una buena parte son los libros, pero no todo está en los libros, cierto. Una vez en la Lagunilla me encontré un libro de los treinta sobre el dengue, en 10 pesos, y lo compré porque pensé que algún día podría escribir sobre un personaje con dengue. Nunca lo hice. No tenia caso. Nunca me ha dado dengue ni he conocido a nadie con dengue y por eso me parecería deshonesto narrarlo, aunque conociera toda la sintomatología, pero tú lo haces muy bien, por cierto. Espero nunca tener dengue.

Andrik, Zahir, Pachi, Vinicio. Ningún personaje de estos es mujer, por cierto. Es obvio que la femineidad de Andrik te acerca a ti mucho a él. Vinicio es un artista atribulado, y hay en él la delicadeza propia del artista. Zahir es un hombre atrapado, que huye, como una liebre, al igual que su hermano, Andrik. Un hombre que es violento por las circunstancias, una especie de Calibán, producido por los maltratos de la tía Idalia y del mundo. El que me parece un triunfo como personaje es Pachi, aunque es el que pretende ser menos profundo, su idiosincrasia, su ira, su juventud perdida, es con el que yo me sentí más identificado, y el que pone el tono de humor. Pocas veces he leído un personaje masculino tan real escrito por una mujer. Hay cierta vulgaridad en la masculinidad que retratas muy bien y que le causaría horror a nuestras bien pensantes y educadas escritoras de clase media. ¿Cuál de estos personajes sientes como más cercano?

 

FM: Creo que a todos los siento muy cercanos, aunque de maneras distintas. Vinicio es el personaje más antiguo; aunque no siempre se llamó Vinicio; el nombre lo tomé prestado de un vecinito que, yo siento, se le parecía bastante físicamente. Y en buena parte es como todo lo contrario a los otros chicos de la novela y a todos los chavos con los que conviví en Veracruz. Quizás es el novio que me hubiera gustado tener en la adolescencia; o no, más bien es el tipo de muchacho que yo hubiera sido. En ese sentido, Vinicio, me parece, es aún más femenino que Andrik y todo lo opuesto posible a Pachi, y demuestra esta ley de la vida en donde tus mejores amigos suelen ser gente con la que no tienes nada en común más que una vida juntos. Vinicio cambió mucho a lo largo de los años en que formulé la novela; crecía junto conmigo, creo. En cambio Pachi nació de “parto natural”. Siempre se llamó así, siempre fue como es: machista, homofóbico, vulgar, peleonero y atascado: un clásico jarocho. Los dos me caen muy bien, aunque a veces Vinicio me desespera por clavado y Pachi es francamente un gañán. Pero si tuviera que agarrar la peda con alguno, sería con Pachi.

 

DES: ¿Estas diciendo que me identifico con Pachi porque soy un gañán?

 

FM: No.

 

DES: Tal vez sí, bueno, ¿qué hay de Andrik y Zahir?

 

FM: Andrik y Zahir fueron muy difíciles. Al principio se me confundían; no alcanzaba a ver los límites entre los dos, ni lograba definir su relación. Creo que fui especialmente cruel con ellos, pero en cierta medida fue porque ellos lo toleraban; se dejaban maltratar con facilidad e incluso gozaban con ello. Andrik y Zahir vienen de un mundo distinto al de Vinicio y Pachi, aunque frecuenten los mismos rumbos. Andrik es muy básico; su belleza es como la envoltura de un paquete que no guarda nada dentro, y no porque sea una persona frívola, sino justamente en la medida en que no es persona, en que no se le permitió desarrollar un ser completo. Zahir es quizás el más sensible de los cuatro, y es el que me provoca la mayor ternura y también la mayor repugnancia. Es como una cría de rata que encuentras afuera de tu casa y a la que no sabes si llevarás al veterinario o matarás de un zapatazo, porque algo dentro de ti te dice que crecerá y te arrancará un dedo a mordidas.

Y sí, muy pronto me di cuenta de que casi no hay personajes principales mujeres (y fíjate que no dije femeninos; porque personajes femeninos los hay, y algunos son hombres), pero no fue nunca algo que me preocupara. Digo, si al momento de escribir estás pensando más en el test de Bechdel que en lo que quieres expresar, que en la historia que quieres contar, estás jodido.

 

DES: Sí, pocas cosas me parecen más absurdas que el test de Bechdel. Y tu novela afortunadamente no lo pasa. Creo que la mía tampoco. Bien, se hace tarde, y aún estoy en bata de baño. ¿Te parece bien que continuemos mañana? Tengo que almorzar, pero todavía hay muchas cosas que quiero comentarte.

 

FM: Ve, yo iré a hacer té, y aún tengo que trabajar en un ensayo.

 

DES: Hasta mañana.

 

 

Fernanda Melchor nació en el puerto de Veracruz en 1982. Ha ganado diferentes premios nacionales de literatura y periodismo. Es autora del libro de crónicas Aquí no es Miami (2013) y Falsa liebre (2013), su primera novela. 

 

Daniel Espartaco Sánchez nació en Chihuahua el 13 de noviembre de 1977. Es autor de los libros de relatos El error del Milenio (UG, 2006), Cosmonauta (FETA, 2011); el relato largo Gasolina (Nitro/press, 2012); y las novelas Autos usados (Mondadori, 2012) y Bisontes (Nitro/press, 2013).

Síguelo en Twitter: @Despartacos