pide ayuda 1

No puede tomar fotos aquí – dice el guardia de Soriana –.

Se acerca justo en el momento en que tomo la foto con el celular. Le digo que hay algo raro, le señalo el papel. El vigilante se aferra a su función, me repite que está prohibido. Se planta a mi lado lo que significa que no se va a mover hasta que logre hacer que obedezca. Ahora me dice que es por ley; entonces volteo a verlo, su gesto serio titubea un poco, le discuto que no es ley, si acaso reglamento. Vea – le señalo la hoja impresa – ¿qué significa? Me contesta algo impreciso acerca de la atención a los clientes, él supone que para encontrar algún producto se busca ayuda. Vuelvo a la necia, a discutirle amablemente que en toda la tienda no hay otro letrero semejante, que está raro, pero él no parece interesarse, no le da curiosidad. Cerramos así la conversación, yo apago el celular y camino, mientras él voltea para los lados y se aleja cuando comprende que yo comprendo que no puedo tomar fotos dentro del súper. De cualquier forma ya tengo un par, y no me ha solicitado que las borre.

Pide ayuda.

Estoy seguro que se trata de un intento de comunicación, un mensaje anónimo tal vez de alguien que sobrevivió a su infierno en el alcoholismo. Me parece divertido, pero también poderoso. Me refiero al acto, a la pulcritud del acto de colocar los papeles, pues en total eran tres en diferentes sitios del área de cervezas, vinos y licores. No se sabe quien lo dice, o a quien se lo dice… no está firmado por la religión, no es tampoco una misión de un grupo específico de AA, aunque podría ser enviado desde cualquiera de esos lugares. No. Es un mensaje solitario para otro individuo en soledad; es un murmullo que apela al quiebre, a la herida expuesta, al momento en el que una verdad puede cruzar el umbral de la conciencia, algo que tal vez en esta justa ocasión será escuchado por el ser lastimado: Pide ayuda. Fuerte ¿no?

Lo furtivo, lo fortuito, lo inefable, lo trémulo, lo incierto… Recordé las primeras páginas de El Lobo Estepario, de Hesse, ese encuentro con un letrero en la calle, un sentido que se busca, y al mismo tiempo, un algo no anticipado, no comprendido:

 

Y entonces, al esforzarme por ver con más precisión, distinguí sobre el hueco de la puerta un escudo luminoso, en el que me parecía que había algo escrito. Apliqué con afán los ojos y por fin atravesé la calle, a pesar del lodo y el barro. Entones vi sobre la puerta, en el verde pardusco y viejo de la tapia, un espacio tenuemente iluminado, por el que corrían y desaparecían rápidamente letras movibles de colores, volvían a aparecer y se esfumaban. También han profanado, pensé, esta vieja y buena tapia para un anuncio luminoso. Entretanto, descifré algunas de las palabras fugitivas, eran difíciles de leer y había que adivinarías en parte, las letras aparecían con intervalos desiguales, pálidas y borrosas, y desaparecían inmediatamente. El hombre que quería hacer su negocio con esto, no era hábil, era un lobo estepario, un pobre diablo. ¿Por qué ponía en juego sus letras aquí, sobre esta tapia, en la calleja más tenebrosa de la ciudad vieja, a esta hora, cuando nadie pasa por aquí, y por qué eran tan fugitivas y ligeras las letras, tan caprichosas y tan ilegibles? Pero… ya lo logré: conseguí atrapar varias palabras, unas detrás de otras, que decían:

Teatro mágico.

    Entrada no para cualquiera.

 No para cualquiera.

teatro mágico

Los objetos y el lenguaje están ahí para darnos señales de algo más allá de lo que aparentemente nombran. Esa idea es importante para los psicoanalistas quienes descartan cierta función comunicativa concreta del lenguaje, e invocan una función reveladora, des/ocultadora, para el sujeto que no está disponible para su conocimiento. Se refieren a que el lenguaje, las palabras, pueden ser una poderosa expresión de asuntos que atraviesan al ser, el ser del ser humano, desde el inconsciente, desde lo que está en sus registros en el devenir de su ser, pero que no pueden tomar de ellos su significancia mas que por vía de la fractura, la falla, el error, o de lo indecible.

Tal vez.

Tal vez se necesita estar en un cierto modo anímico, una especie de apertura a que eso, o aquello, se despliegue ante los ojos del que lo busca sin buscarlo. Hay que andar un poco quebrados, un poco relajados, o quizá un poco melancólicos, para que se filtren las palabras o los objetos y despierten pensamientos, ciertas ideas y sensaciones que no se limitan a lo que está ahí, frente a nosotros, como objetos. No son procesos mentales extraordinarios, creo que es común que en los traslados de la ciudad, en los tiempos de espera, en situaciones de soledad, se puede acceder a lo disperso. Estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo, dicen que dijo Julio Cortázar.

Por el contrario, el modo contemporáneo en el que vivimos tiende a cerrar esta posibilidad: los espacios están saturados de percepciones inmanentes a las situaciones: nos “hierven” en sonidos, imágenes, espectáculos, trámites, tareas, de tal modo que no podemos encontrar el tiempo para estar en el sí mismo, escuchando algo distinto a lo que frenéticamente nos envuelve en la vida social.

No es un escenario apocalíptico, no se trata de eso, sino de la descripción de una especie de habitus que opaca las relaciones de subjetividad a cambio de las cuestiones pragmáticas. Es algo que está ausente aún cuando no está bloqueado; es accesible, es permeable. Por eso no nos queda claro lo que significa acceder al interior de nuestros estados. Es decir, parece mas un problema de jerarquización que de obliteración, pues lo que acusa es una inercia a no considerar esencial o siquiera importante el proceso de conocerse a sí mismo, de atender la premisa atroz de que uno quiere “saber”, pues el ser humano está hecho de preguntas.

Somos así: estamos ocultos a nuestros auténticos y extraños deseos de vivir. La subjetividad ocupa un lugar reducido y opaco en el habitus de vida, es desplazada en la cotidianeidad por todo aquello que atañe al quehacer de un sujeto: somos el trabajo, la función, la identidad, los roles, las obligaciones ciudadanas, las reglas sociales, todos esos laberintos que habitamos para creernos parte de una existencia legítima. Pero la subjetividad también está ahí, se alimenta de manera subrepticia con ciertas escenas de cine, con juegos de lenguaje, con explosiones emocionales inexplicables, con sueños perturbadores, y de muchas otras formas. A veces emerge cuando menos lo esperas y trastorna toda la parsimonia.

Es un problema de enajenación.

Es posible pensarlo así desde que hay pocos actos reflexivos y aprehensivos hacia ello en nuestra formación. Sin embargo, el afecto pervive. Y mediante sus tremores, se puede dar cuenta de un lado obscuro, un comportamiento no lineal; así hay posibilidades de entrar al enigma de las condiciones de vida contemporánea. La mayor atracción en nuestros días es la tecnología y los medios como el internet, su presencia en la forma de miles de pantallas, como señala la voz de Lipovetsky, y aún así, sigue siendo el sujeto quien puede preguntarse algo al respecto, el que duda, discute, disiente y trasgrede lo que está dado en los nuevos medios, lo que aparece y desaparece ante sus ojos.

La subjetividad antepuesta al mundo opera al revés. Ahí tienen a Acción poética, el trabajo fugaz de Armando Alanís. Su invitación es a transfigurar un poco la mirada perdida para invitar al sujeto a encontrarse con un recuerdo de sí mismo, la nostalgia amorosa que somos, presencias inefables, fantasmas de nada. Pero si tienes suficiente suerte podrás ver algo más, pues también podrás ver cuando alguien interpela al interpelador poeta, y le pide que le de una vuelta mas al retruécano del lenguaje, que lo conecte con lo verdadero del cuerpo que somos. Unas letras borradas esclarecen la esencia de lo que somos y deseamos, por supuesto que sí, un poco de pintura blanca y… ¿quien puede negar la siguiente verdad que se asoma?

 

Enrique Ruiz Acosta es Licenciado en Artes Visuales por la UANL, reside en Santiago, Nuevo León.

Contacto: enriqueruix@gmail.com