Por Carolina Olguín

 

Pensar en la crisis de las instituciones culturales en Nuevo León me llevó a cuestionarme si realmente sé lo que esto significa y lo que sucede en todo el estado, al menos de manera general. La respuesta fue negativa. Mis referencias y conocimiento de esta situación no van más allá de Monterrey y su área metropolitana, y eso ya es mucho decir. El área metropolitana la conforman nueve municipios y en conjunto el estado tiene 51. Jamás he visitado los municipios de Aramberri, China y Zaragoza, por ejemplo. No tengo la menor idea de lo que sucede allá en el tema de cultura, ni de las instituciones que —se supone, deben existir— la promueven, difunden o impulsan. La gente de Monterrey se queja con frecuencia del centralismo del país en diversos aspectos, pero a la vez conformamos una sociedad demasiado centralista; cuando hablamos de Nuevo León, lo asociamos inmediatamente con la capital del estado, no por ser la capital, sino porque parece que aquí sucede lo más importante. Quedan muy lejos de la asociación municipios que conforman incluso el área metropolitana, como Juárez y Cadereyta, a los que casi nadie toma en cuenta para las cuestiones de “la cultura y las artes”, si no es que para destacar algunos productos típicos regionales o leyendas. Últimamente, nuestras referencias más comunes sobre los municipios de los alrededores de Monterrey son las relacionadas con la inseguridad: los decapitados, los encajuelados, los levantones y toda esta realidad que, con todo y su jerga, nos ha superado.

Por otro lado, hablamos de cultura como si todos estuviéramos de acuerdo en lo que eso significa, y sólo a veces se generan discusiones, informales o formales, en las que se mencionan ciertas nociones teóricas, como las de cultura popular y cultura letrada, que son de las más peleadas. De hecho, en fechas recientes se ha señalado la falta de una definición o redefinición de las políticas culturales en el estado, desde el concepto de cultura con el que las instituciones, específicamente el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, se identifican. De cualquier modo, es recurrente olvidar un rasgo inherente de la cultura en su sentido más inclusivo, y lo dice mejor Luis Villoro en sus propias palabras: “una cultura no es una manera uniforme de vida, establecida de una vez y para siempre, está transida de un conflicto permanente entre lo aceptado por la mayoría y las razones y valores que una minoría crítica propone… Toda cultura presenta una tensión constante entre los ideales proyectados no realizados y los valores reiterados día con día”[1], y yo agrego, reiterados desde dónde, cómo y para quién. Por aquí tomo el primer hilo, el más saliente, de la reflexión.

En primer lugar, creo que la discusión en el tema se ha concentrado en el Conarte; es comprensible, pues es el organismo descentralizado que funge oficialmente como el encargado de administrar importantes espacios para la cultura en la localidad, junto con el dinero destinado a la labor artística y cultural, según se dice, en el estado. Ya varias voces han sido puntuales respecto a su calidad de “consejo”, su verticalidad en las decisiones recientes, entre otros temas. A veces, la Universidad Autónoma de Nuevo León sale a relucir en el debate, pero no considero que acapare la atención de los creadores y promotores culturales, al grado de que se discuta de manera organizada entre ellos, se generen demandas y posturas definidas hacia lo que deba hacer o dejar de hacer la UANL al respecto. La revista electrónica Pantagruélica es una de las publicaciones que ha dedicado un espacio crítico sobre esta cuestión, abarcando puntos como el de la autonomía universitaria. De hecho, ese soslayo, carencia o apatía en la UANL y su comunidad ha sido una de las razones que la tienen funcionando, más o menos igual, desde hace tiempo, en materia de cultura. Algunos trabajos sobresalen en verdad en la UANL; pienso en los relacionados con publicaciones: la promoción del libro y la lectura a través de colecciones selectas de poesía internacional que se editan desde la biblioteca Capilla Alfonsina, o las coediciones importantes que el Departamento de Publicaciones de la Universidad ha tenido a bien convenir con algunas editoriales de respeto, o bien, por otro lado, la mejor programación que se ha estado escuchando en Radio UANL. ¿Por qué no se dice mucho del papel que juegan en materia de cultura el resto de las universidades del estado, las privadas? Por razones obvias, sus perfiles educativos: unos son institutos centrados en el desarrollo de tecnologías, la generación y administración de empresas, de bienes materiales para el mercado, en fin, se regodean en el llamado “liderazgo” empresarial. No hace mucho tiempo que la Universidad Metropolitana ha dado un buen giro en su área de Difusión Cultural, pero el problema ahí es de otro fondo: calidad educativa de la institución. Está claro que estas otras universidades no terminan de entrar en el debate sobre la promoción y la creación artística y cultural en el estado. Por supuesto, hay esfuerzos importantes, como el de la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, que se inclina más hacia el ámbito internacional de la cultura; sin embargo, cuando se trata de la Feria Internacional del Libro de Monterrey, que es una iniciativa del ITESM, sabemos que para las dimensiones de la ciudad —no digamos del estado— falta mucho por hacer si realmente se busca ofrecer mayor acceso (en cuanto a precios y editoriales), mejor calidad y mayor variedad de libros (y menos stands de relleno).

Cuando digo que la discusión se ha concentrado en el Conarte no es una queja, sino una razón justa para mencionar la emergencia de un fenómeno que se ha fraguado al margen de la oficialidad y que me parece de vital importancia para la ciudad. No es nada nuevo: los momentos críticos abren brechas para el cambio, tal vez por eso las iniciativas culturales y artísticas independientes (fuera del ámbito institucional) se empezaron a hacer notar cada vez con mayor presencia en la ciudad, con trabajo colectivo, entusiasmo y recepción evidentes. A partir de la exacerbada inseguridad derivada de la guerra contra el narco de Felipe Calderón, terminó de golpear una oleada de clausura de espacios donde se generaba, se difundía y disfrutaba cultura en su más amplio sentido; algunos dirán que se trataba principalmente de una cultura “urbana”, por llamarle de alguna manera, lo cierto es que esos espacios mantenían vivo el intercambio entre creadores, colaboradores y públicos, gente que salía a la calle a ver qué se estaba haciendo. Quienes hemos vivido en Monterrey, sobre todo en el centro, identificamos con facilidad una lista de lugares, muchos de ellos con su foco en el Barrio Antiguo, pero no sólo ahí. Es una lástima que no pueda hablar con certeza de lo que sucede en las periferias y ojalá este texto invite a otros a compartir su visión o experiencia de lo que pasa en otros lares de Nuevo León.

Edgar Morin, cuando habla de la descentralización de la producción del conocimiento, menciona el término imprinting cultural, con el que se refiere a una especie de huella de la normalización de la cultura, que funciona bajo un conformismo cognitivo: “hay una normalización que elimina lo que ha de discutirse”, dice[2]. Según Morin, entre más imprinting cultural, más cultura oficial. Ese fenómeno sucede en un marco de frío cultural, otra expresión del filósofo para denominar la invariabilidad con la que se reproduce una estructura del conocimiento a través de evidencias, certidumbres, creencias, estereotipos, etc. El calor cultural, en cambio, es una de las posibilidades del debilitamiento del mencionado imprinting, y se distingue por la turbulencia, la inestabilidad, el choque. ¿No es acaso por lo que estamos pasando ahora, no son así los momentos críticos? En este debilitamiento, dice Morin, la pluralidad y diversidad de puntos de vista, el intercambio cultural, la expresión de las “desviaciones”, exclusiones o marginalidades adquieren potencia. Entonces el calor cultural permite una renovación natural, un horno donde las ideas opuestas puedan ser incluso complementarias. No podemos negar que manifestaciones artísticas y culturales desde la periferia respecto a la oficialidad han tomado impulso y han ofrecido justamente un espacio para el diálogo. Puedo decir con certeza que en los últimos meses y desde 2011 he participado o estado presente en charlas, recitales, espectáculos musicales o de teatro, grupos de lectura y análisis filosófico o literario, que son organizados por la sociedad civil o por los propios artistas o promotores, quienes se vieron prácticamente obligados a establecer este diálogo fuera de las academias y del ámbito institucional, ante la inflexibilidad o el desprecio por estas discusiones y sus contenidos. Este tipo de reuniones se están realizando en casas, bodegas, cafés, plazas, locales rentados entre varias personas… Sé que el alcance de estos eventos puede ser menor en cuanto a número de asistentes, comparado con una “conferencia magistral” que organice una universidad u otra institución oficialmente amparada, pero también estoy segura de que la gente que asiste a ellos lo hace por mero gusto, por curiosidad, por apoyar a algún amigo debutante o talentoso, por conocer nuevos temas y debatirlos, por intereses comunes a ciertas prácticas culturales, por encontrar vínculos de comunicación que a la larga terminan generando nuevos proyectos, y no por un deber impuesto.

Es extraño, pero así se está mostrando. Apenas este mes de julio pasado se cerró la última sección de cultura, la última trinchera que quedaba desde los principales periódicos de la ciudad, en la versión impresa de Milenio; El Norte ya lo había hecho años antes, disfrazó de “Vida” la sección, pero todos sabemos el resultado de ese cambio. Existe El Porvenir, y aunque se encuentran noticias de cultura en su versión electrónica, tiene una circulación mucho menor y rellena su sección cultural impresa con crucigramas y notas de entretenimiento que provienen de agencias desconectadas con la problemática de nuestro contexto. ¿No es acaso significativo que se rechace la palabra “cultura” en papel y tinta en los diarios? Sin embargo, al mismo tiempo, surgen en la localidad publicaciones independientes, blogs, fanzines y muchos sueños dorados entre amigos (que válidamente tenemos o hemos tenido) de poder lanzar un periódico o revista, básicamente porque se quiere decir, crear, mostrar una postura, promover trabajos que surgen a la sombra, llenar vacíos. Aparecen mercados en barrios olvidados, ya no de frutas, pero al menos de cosas que la gente hace con sus manos o productos hechos con materiales más nobles con el medioambiente. Grupos de arquitectos y artistas urbanos se instalan en una colonia y, junto con la comunidad, buscan darle un nuevo y mejor sentido a los espacios. Radios independientes difunden por internet lo que la radio comercial desprecia. Todas estas expresiones independientes y periféricas tienen muchas cualidades, claro, al mismo tiempo que defectos o fallas debido a la inexperiencia, el descuido o la poca seriedad cuando se les toma como moda. Creo que lo más triste de estos casos se presenta cuando una manifestación de este tipo, ya sea una publicación, un ciclo literario, una serie de conciertos, una asociación civil o un bazar de arte, tiene que cerrar o concluir debido al cansancio de sus promotores por luchar contracorriente, por no poder autofinanciar el proyecto, o bien, cuando en sus intentos de encontrar un apoyo externo, del gobierno o la iniciativa privada, se topan con burocracia y puertas cerradas.

Retomo el asunto de la cultura en el resto de los municipios del estado de Nuevo León. He tenido la oportunidad de asistir a festivales de poesía en otros estados del país, que no son organizados (o al menos no se llevan a cabo) en la capital de dichos estados. La impresión es fuerte. Es como si Montemorelos tuviera su encuentro internacional de poetas, o como si la comunidad de Ciudad Juárez estuviera acostumbrada a recibir, cada año, una comitiva de artistas que vienen del país y del exterior a mostrarles lo que hacen, a compartir recitales con chicos y grandes, diálogos en las escuelas y plazas públicas, en los patios o interiores de las parroquias más bonitas (sí, en alguna región de Oaxaca las autoridades facilitan las iglesias como auditorios para que las poetas digan sus poemas, y nadie se asusta ni dicta censura). Es como si Margarita Arellanes recibiera a los poetas huéspedes por una semana en Monterrey y hablara (sin discurso escrito) sobre la diferencia entre ritmo y métrica en poesía. Pues sí, he visto eso en mi poca experiencia en este tipo de festivales. Hay un respeto, una dignidad, una atención entre los anfitriones ciudadanos que casi desconcierta de tan bueno. Imaginemos el panorama con cuentistas, músicos, yo qué sé, en lugar de poetas, y que el alcalde o alcaldesa tuviera, si no gusto, al menos nociones de la pertinencia del arte en cuestión o del acontecimiento que esté teniendo lugar. ¿Qué tan posible o imposible es que esto suceda en Nuevo León? ¿Por qué pensamos que cultura es ir al Teatro de la Ciudad o a la Cineteca o comprar un boleto para la temporada de ballet, como si fuera un lujo? ¿No será por la misma razón que cerraron la sección de cultura en Milenio? ¿Es que nos hemos creído hasta la médula eso de que la cultura, el arte y la filosofía “no sirven para nada”, son sólo ornamento, y repetimos la frase cliché irresponsablemente, actuando así, sin entenderla en todas sus implicaciones?

Recuerdo una situación con mi sobrina, quien se dedica al diseño gráfico y tiene 27 años: hace unos meses, me acompañó a una lectura de poesía por primera vez y, al final, me dijo: “Tía, yo no me animaba a venir a estas cosas porque pensaba que no las iba a entender, que venía pura gente súper intelectual y que iba a ser aburridísimo, pero me dio mucho gusto toparme con lo contrario”. Mi sobrina no estaba muy perdida en su prejuicio. Creo que las palabras de ella son clave para pensar las razones que alejan a la gente, especialmente a los jóvenes y las familias, de los eventos culturales, pues la mayoría se han ceñido a un formato siempre igual, donde se leen largos currículums y se siguen ciertas convenciones de protocolo como si fueran mandamientos. Por otro lado, sobre este prejuicio del público, también creo que existen causas más profundas que han impedido una formación real de sujetos que se interesen en las artes, la cultura y otras dimensiones humanas esenciales, dimensiones sin las cuales el ser humano se torna unidimensional, tal como llamó Hebert Marcuse a quienes viven una sola dimensión cerrada, casi operacional, sin asomarse a los otros signos que les posibilitarían pensar de manera crítica, activar contenidos simbólicos, históricos. Esto debe tener una estrecha relación con la escasa cultura cívica y política del pueblo mexicano. Sabemos que en cuanto a público se refiere, el entretenimiento es el rey de las demandas, eso es lo que se prefiere no sólo por sobre lo demás sino a veces como lo único, y ése es el problema. Las causas de esta falta de formación me saltan a la cara cuando paso por la biblioteca pública del barrio donde crecí y veo que está prácticamente abandonada (y sé que están igual el resto de las bibliotecas de colonia), también cuando leo noticias fatales sobre libros de texto gratuitos y muchos otros sucesos funestos que conciernen a la educación y la cultura. Lo mismo, cuando veo cómo se destruyen lugares históricos, cerros y bosques de la ciudad, y todo esto mirado a través de la pantalla o del vidrio del coche; todos somos cómplices.

Insisto en el tema de educación. No veo un vínculo claro entre, por ejemplo, la escuela pública de nivel básico o medio y los programas culturales oficiales del estado; no sé de qué manera quieren formar públicos lectores, que aprecien las artes o se interesen por la cultura, si se repiten esas dinámicas en las que los creadores, después de algún fatigoso encuentro al que son invitados —donde ellos mismos son el público—, se encierran en el hotel asignado para despedirse con fiestas en las que sólo refuerzan lazos entre ellos y los amigos colados de los organizadores, pero no con un público real, que está allá afuera. Siempre estarán las típicas visitas escolares al museo Marco o al de Historia Mexicana, y cosas por el estilo, pero no sólo es lo menos que deben hacer, sino que es insuficiente y se necesita renovar estrategias. Hay muchos ángulos, muchos frentes por dónde comenzar, ninguno fácil para una sociedad reticente.

Sé que tal vez me salí del asunto por el que me invitaron a escribir aquí, pero no podía dejar de hacer estas reflexiones paralelas y periféricas al gran asunto de Conarte. Yo no hablo tanto de “democratizar la cultura” porque incluso sobre ese eslogan tengo mis dudas, creo que encierra hasta cierto punto una trampa y la cuestión es más compleja. Pero sí hablo de poner atención a lo que está afuera de los espacios prediseñados para la cultura y el arte, a lo que se hace fuera de los presupuestos estatales y federales y dentro de ellos —sobre esto último ya otros han hablado de la creación de un Observatorio Cultural de Nuevo León. Hablo, además, de abrir los oídos y reconsiderar lo que la gente (que consideramos ajena a la élite artística) dice al respecto; hablo del diálogo, de reconocernos en la necesidad, en el error y la aceptación de un trabajo arduo y lento, pero no por ello imposible o lejano.

 

Carolina Olguín. Nació en 1978 en Monterrey, N.L., México. Escribe poesía, ensayo literario y artículos de viaje. Estudió Letras Españolas y Educación en la Universidad Autónoma de Nuevo León, y desde entonces se mueve entre la edición de textos, la escritura y la enseñanza. Ha publicado en las revistas Tierra Adentro, El Grito, Armas y Letras y en la antología La voz de las mariposas, del Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes 2011, entre otras. Es editora independiente, profesora de lengua y literatura y coordinadora de talleres y círculos de lectura. Colabora en el colectivo La Poesía en la ciudad de Monterrey y en la revista electrónica de artes y poesía Red Door Magazine. Mantiene el blog manchadelparaiso.wordpress.com.



[1] Estado plural, pluralidad de culturas. Universidad Autónoma del Edo. de Hidalgo/El Colegio Nacional, 2012.

[2] Respecto a esto habla Morin en El método y en Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.